martes, 19 de febrero de 2008

MUY PROFESIONAL (III)



A riesgo de resultar pesada, quiero dedicar un tercer post a la profesionalidad. Esa cualidad que brilla por su ausencia en todos los sectores:

 

Autónomos (si está usted pensando en el de la caldera, en el fontanero, en el electricista, en el cerrajero, en el técnico, en el mecánico, etc., va por el buen camino), funcionarios (ni siquiera veo necesario extenderme en este sector), trabajadores por cuenta ajena (el compañero, la compañera, el jefe o la jefa que no dan un palo al agua y que, cuando mueven el dedo o abren la boca para justificar su salario, es aún peor...), empresarios y empresas...

 

Hoy nos vamos a centrar en estos últimos, empresarios, empresas y empresitas que engañan, estafan, roban, malversan, evaden, acosan, abusan, explotan, acusan, extorsionan, mienten, etc. Seguro que ya se le ha ocurrido más de una.

 

Me valen, por ejemplo todas las de telefonía o todas las eléctricas, me valen bancos, Cajas, fabricantes de electrodomésticos y otros aparatos eléctricos, sean los que sean, me valen fabricantes de aperitivos, como de congelados, me valen empresas de transportes, públicas y privadas, me valen agencias de viajes y de publicidad. Me vale todo o casi todo...

 

Por ejemplo, Nokia, y antes de continuar, quiero aclarar que soy Nokiera a muerte. Que no me fio de nada que no sea Nokia, que me gusta Nokia, que me gusta su diseño y lo intuitivo y fácil de su menú. Vamos, que soy “fans” de Nokia. Pero...

 

Mi amiga B se compró un móvil Nokia hace menos de dos meses y el aparato ya se corta cuando le viene en gana o deja de oirse. No está mal. Compras un móvil y ni siquiera es capaz de desempeñar su función principal dos meses después de la compra.

 

 

No parece algo de lo que quejarse, pero es porque nos hemos acostumbrado a que las cosas que compramos pueden estar mal. Sobre todo con la telefonía. “Este móvil me ha salido malo, lo he tenido que llevar a arreglar tres veces ya”. Ni que fuera un melón.

 

¿Se dan cuenta del perjuicio que nos causa? Te compras un telefonito sin pretensiones, para hablar, que es para lo que tu lo quieres, para hablar, y después de dos meses ya tienes que emplear tu tiempo y tus esfuerzos en llevarlo a arreglar. Llévalo, explíca qué le pasa, llama para ver si ya lo tienen arreglado (porque, digámoslo ya: ellos nunca llaman), recógelo...

 

Nokia, en lo que podemos calificar de todo un alarde de atención al cliente, para facilitar esta incómoda situación (y lejos de testar mejor sus aparatos) se compromete a facilitar al triste dueño de un móvil enfermo en periodo de garantía, un móvil de repuesto mientras el otro es reparado.

 

Así las cosas, B lleva su móvil nuevo enfermo a una tienda de teléfonía para que se lo reparen.

 

El dependiente le da dos impresos para rellenar y B, obediente, los rellena. Después, extrae su tarjeta SIM y le entrega su móvil al dependiente, que lo etiqueta y lo guarda.

 

B: (Viendo que el dependiente no le va a dar su móvil de repuesto de manera espontánea) ¿Me das mi móvil de repuesto?

D: ¿Eh? ¡Ah! Es que no tengo

B: ¿Perdón?

D: Que no tengo

B: ¿Y te parece lógico que yo salga de aquí con una tarjeta en la mano?

D: Ya...

B: Se supone que Nokia te da un móvil de repuesto cuando dejas el tuyo para que lo reparen.

D: Si, es que tenía cinco y se me han acabado. ¿No tienes a nadie que te pueda prestar un móvil?

 

Inciso, dos cosas: El dependiente, la tienda, tenía cinco móviles de repuesto para entregar a los dueños de Nokias enfermos en periodo de garantía. No se si me parecen pocos móviles de repuesto o muchos móviles enfermos en periodo de garantía, demasiados.

 

En cuanto a la pregunta del dependiente, no debemos pasarla por alto. Estoy harta de que esta gente suponga que todo el mundo tiene a alguien, que todo el mundo puede estar en su casa a las diez de la mañana esperando al de la caldera (que llega a las dos) o que tiene a alguien que no tiene nada mejor que hacer que aceptar ir a tu casa a esperar al de la caldera toda la santa mañana de un martes. No, señores. No todo el mundo tiene a alguien que te puede prestar un coche, o llevar, o traer, o prestarte una casa durante seis meses, o dejarte un móvil (aunque los regalen con las magdalenas). No-todo-el-mundo-tiene-a-alguien. ¡Hombre ya!

 

Retomando:


D: Si, es que tenía cinco y se me han acabado. ¿No tienes a nadie que te pueda prestar un móvil?

B: No.

D: Ya. Pues es que yo no tengo. (En una tienda de telefonía móvil)

B: (Calentita) Bueno, pues devuélveme el mío.


Recuperado su móvil nuevo enfermo, se va al CorteInglés, donde hay un departamento de telefonía móvil con un mostrador de Nokia.


Bárbara cuenta de nuevo los síntomas que presenta su móvil y el dependiente le dice que podría ser de la tarjeta SIM (que parece deteriorada) y que, antes de mandar el móvil a reparar, lo mejor es que mi amiga vaya al mostrador de al lado y se haga un duplicado de la tarjeta para descartar que el fallo no es de la misma.


B: Los síntomas que te acabo de describir no parecen provocados por la tarjeta ¿No crees? Yo creo que es el móvil el que está mal.

D: Pero no puedo mandar el móvil a reparar hasta que no hayamos comprobado que la tarjeta funciona correctamente.

B: O sea, que me tengo que hacer un duplicado por narices.

D: Si.

B: ¿Y si me hago el duplicado y vuelvo, mandaremos mi móvil a reparar?

D: Si, una vez hayamos comprobado que la tarjeta funciona correctamente.


Mi amiga toma aire, va al mostrador de al lado y se hace un duplicado de la tarjeta. Son 4,50 euros, 750 pesetas de las de antes.


Cuando vuelve al mostrador de Nokia, pone la nueva tarjeta en su móvil nuevo enfermo y lo enciende ante la mirada del dependiente. A los dos o tres segundos, el móvil se apaga.


B: Pues parece que no es de la tarjeta.

D: No, parece que no.

B: Acabo de pagar 4,50 euros por un duplicado de tarjeta que no necesito

Otro dependiente que pasa por allí: Mujer, un duplicado siempre viene bien.

B: Lo que habría estado bien es que hubiérais tenido un aparato para testar las tarjetas.

D: Ya.

B: (Armándose de paciencia) ¿Podemos mandar ahora mi móvil a reparar?

D: Si, cómo no. Por favor, rellene estos formularios.

B rellena los formularios, le quita la tarjeta al móvil y se lo entrega al dependiente, que lo etiqueta y lo guarda. Después mira a mi amiga, que espera con una tarjeta en cada mano, como diciendo “¿Y ahora qué?”


B: ¿Me puedes dar mi móvil de repuesto?

D: ¿Eh? ¡Ah! ¡Uy! ¡Pues no se si tengo!


Afortunadamente tuvo. Pero no puede uno evitar preguntarse ¿No sería lo normal que la tienda comprobase, antes de tramitar la reparación de un aparato, si puede o no suministrar un móvil de repuesto, e informar al cliente? Es más ¿No sería lo normal que Nokia, la empresa que se ha comprometido con el cliente, controlase y vigilase que su compromiso se cumple en todas las tiendas y distribuidores autorizados?


Esta dejadez, esta falta de interés, se traduce en falta de profesionalidad. ¿De qué me sirve a mi un teléfono de atención al cliente si en las propias tiendas me tratan como a la tía del pueblo?

MUY PROFESIONAL (II)


Continuando con lo anterior, ¿Y cuando te subes a un taxi esperando, una vez más, a Mr Hyde o algo peor y lo que te encuentras te deja boquiabierto y ojiplático? ¿Qué ocurre cuando el taxista se dirige a ti con corrección, cuando te trata como a un cliente (cuando tu ya has perdido la costumbre de sentirte cliente hasta el punto de creer que el cliente es una leyenda urbana)? Ocurre que se vuelve sospechoso, que le miras con recelo, que no te lo crees, que buscas la cámara oculta por el rabillo del ojo...

El otro día le pasó a mi amiga G que se subió a un taxi y pasó a buscarme. Tuvieron que esperarme un poco hasta que llegué y, oye, inaudito, lo primero que hizo el taxista fue parar el taxímetro. A mi amiga se le saltaron las lágrimas de la emoción ante un gesto, un detalle, que debería ser lo normal.

Casi tartamudeando, mi amiga le agradeció el detalle y él, muy profesional, le dio su tarjeta: "Si alguna vez tiene problemas para encontrar taxi, no dude en llamarme. Unos compañeros y yo mismo, más allá de nuestra empresa de tele taxi, nos hemos asociado para prestar un servicio mejor y más personalizado".

Las carencias en el servicio de taxis en Madrid son escalofriantes. Tanto que lo obvio no lo es tanto. Me explico: era obvio que si un taxista despuntaba con un poco, un poquito, de profesionalidad (esa cualidad que tanto nos falta), intentaría enmendar esas carencias y, como consecuencia, triunfaría. No era obvio, y aún hoy no lo es, que sean tan pocos los taxistas con ese poco, poquito, poquito, de profesionalidad. Tan pocos son que se cuentan con los dedos de una mano y nosotros nos peleamos por tener una copia de la tarjeta del taxista que atendió a mi amiga.

Esa tarjeta vale su peso en oro. Es la tarjeta de un profesional.

MUY PROFESIONAL (I)


¿Qué ocurre en nuestros días que es cada vez más difícil encontrar profesionales? Encontramos gente que nos vende viajes sin saber lo que es un viaje, encontramos gente que hace publicidad de un producto que no conoce, encontramos taxistas y conductores de autobús que no saben conducir y, lo que es casi peor: no saben tratar al cliente; no tienen psicología. Encontramos cocineros que no aman la cocina; gente, en definitiva, que no siente curiosidad, mucho menos pasión, por lo que hacen.

Quizá por eso se agradece tanto cuando, de pronto, de entre las ruinas de la mediocridad, sin previo aviso, resplandece el brillo inequívoco del profesional. Ese que te ilumina, que te descubre, que te ayuda, que sabe de lo suyo.

Ya sea lo suyo vender quesos o alcayatas, o introducir entradas en una base de datos, lo sabes, lo sientes, es bueno; es lo suyo.

Y las cosas fluyen cuando tratas con uno de estos seres en peligro de extinción, con un profesional, que te dice, te explica, te aconseja, te enseña...

A priori puede parecer de perogruyo, pero es que ayer estuve en el Albur, un restaurante al que hacía mucho que no iba por motivos que no vienen al caso. Lo que sí es el caso es que, para variar, no me decepcionó.

Sacarme a mi contenta de un restaurante no es tarea sencilla, debo advertir, pero de allí siempre he salido contenta. Ojo, no es ningún restaurante de lujo o postín. Al contrario, de lo más corrientito (aunque hoy no tan corriente) con una relación calidad precio más que buena. Pero más que la relación calidad precio, quiero hablar del equipo.

El restaurante, pese a ser grande, suele estar lleno. Lo curioso es que esto no es óbice para que tú sientas que eres el único cliente del restaurante, tal es la atención. Cuenta con un equipo de profesionales magnífico.

"Equipo de profesionales", frase manida donde las haya. La mayoría de las veces una falsedad en sí misma. He estado en empresas que han cacareado tener un equipo de profesionales dedicados a solventar patatín y patatán y, a veces, por no tener, no tenían ni equipo. El equipo resultaba ser una personita infravalorada y mal pagada que difícilmente podía solventar nada...

Pero estos sí; no se si bien pagados o no, pero equipo de profesionales sin duda. De los que levantas la mano y, oye, ¡Vienen! De los que les pides algo (aunque sea agua) y, oye, ¡Te lo traen! De los que se les olvida algo y, oye ¡Se disculpan! De los que sonríes y, ¡Pardiez! ¡Te devuelven la sonrisa! Y ya pueden tener el restaurante hasta la bandera, y ya pueden estar ahogaditos de trabajo, que a ti lo que te toca es una sonrisa, educación y buenas formas.

Si señor, muy profesional...

domingo, 27 de enero de 2008

TENGO UNA PREGUNTA PARA USTED


Como blog de quejas, quejidos y lamentos, no puedo por menos que recoger en una entrada especial la iniciativa que está preparando Televisión Española con la colaboración de YouTube.

Con las bases sentadas por el programa "Tengo una pregunta para usted", se pretende ahora que todos, todos, tengamos la oportunidad de plantear al Presidente del Gobierno, José Luís Rodríguez Zapatero, así como al Jefe de la oposición, Mariano Rajoy, las preguntas que se nos antojen.

La mecánica es sencillísima, sólo hay que grabar la pregunta en vídeo (webcam o como queramos) y colgarla en el espacio habilitado por RTVE en YouTube:

http://es.youtube.com/elecciones08

Después, la gente votará y las mejores preguntas serán planteadas a ZP y Rajoy en un programa especial.

Yo, desde aquí, os animo a que deis caña, que no se diga que no tenemos nada que decir.

martes, 22 de enero de 2008

REGGETON


Hay especies que, si se extinguieran, sería un placer. Sería motivo de celebración y algarabía general. Nadie las echaría en falta. No hablo, pese a lo que pueda parecer, de las palomas, aunque también podría meterlas en este saco...

Hablo de una subespecie del hortera: el hortera de transistor.

Durante años tuvimos la ilusión de que la especie estaba en vías de extinción. Hubo un tiempo en el que, en todo el territorio nacional, debían quedar a lo sumo quince o veinte indivíduos aislados.

El hortera de transistor es una especie gregaria, por lo que el aislamiento y la evolución, cuando no involución, de su hábitat natural (la costa del sol y la costa levantina, principalmente) han ido acabando con la especie progresiva y esperanzadoramente.

Sin embargo, en los últimos tiempos, cuando ya dábamos esta vergonzante especie tan nuestra por acabada, las corrientes migratorias y el cambio climático nos traen un especimen hermano y foráneo, a todas luces mucho más resistente y adaptado: el hortera del reggeton.

El hortera del Reggeton viene de América y trae consigo sus costumbres. Unas son edificantes, enriquecedoras, encantadoras y dulces. Otras, por contra, son deleznables, molestas e irrespetuosas.

Auriculares o cascos. Han evolucionado hasta convertirse en cómodos botones que se intoducen en el pabellón auditivo. Hoy podemos encontrarlos incluso sin cables.

Permiten al usuario escuchar grabaciones o directos de todo tipo: noticias, música, programas de entretenimiento, música, concursos, música... incluso sirven para oir la televisión en privado, sin molestar a nadie. En resumen, permiten escuchar música y lo que no es música.

Entre lo que no es música, destacaremos el Reggeton, importado, como el hortera del idem, de las Américas.

Si el Reggeton quiere ser música o no, lo desconozco. Lo que sé a ciencia cierta es que no lo consigue. Sin entrar en el ritmo cansino y repetitivo, las letras que acompañan a una percusión machacona que destroza las conexiones neuronales, son, probáblemente, la mayor ordinariez que mis oidos hayan tenido la desgracia de escuchar.

Son letras sexistas, machistas y degradantes. Al oirlas la ira me invade. Me siento violenta en todos los sentidos. Se me inflaman las venas y los dientes me rechinan. He sentido la necesidad de arrancarme las orejas con la esperanza de no volver a oirlo nunca más. He sentido la necesidad de hacer que el hortera de Reggeton se trague la fuente de su ruido infame.

Ojalá el hortera del Reggeton tuviera la capacidad de sentir respeto por el prójimo. Ojalá se sintera en la obligación de utilizar los maravillosos auriculares o cascos para protejer al resto de la población de la bazofia que invade sus orificios auditivos. Ojalá no considerara absolutamente necesario compartir conmigo la letanía de obscenidades y su lascivia.

Pero desgraciadamente, el hortera del Reggeton tiene el cerebro lleno de mierda. No es capaz de imaginar lo profundamente molesta que resulta su presencia, la violencia que desata.

Para colmo, y para refinar el proceso de la tortura, las compañías de telefonía móvil han puesto al servicio de esta especie un arma de destrucción masiva: el altavoz en los móviles. Que digo yo que ¿qué necesidad había? Ninguna. Bien está el altavoz como manos libres, si no digo yo que no, pero ¿era necesario tener que escuchar las descargas de tonos en estéreo? Señores, no. Máxime cuando el altavoz en cuestión se oye como si el móvil estuviera dentro de una lata de Coca Cola abollada.

Cuando este país se había desecho del hortera de transistor, entramos en el metro, o en el autobús, o en el Cercanías y el hortera del Reggeton nos impone su falta de criterio musical. Nos la impone. ¿Por qué no puede usar los cascos? ¿Por qué leches tengo yo que escuchar su mierda de tono? ¿Por qué no puedo leer tranquilamente? ¿Por qué su ruido se cuela en mi cerebro pese a mis cascos? ¿Por qué ninguno nos atrevemos a decirle que apague eso?

Me jugaré el pellejo, pero la próxima vez se lo digo.

(Fantasmaaaaa...)

martes, 15 de enero de 2008

SIN BARRERAS


Una vez me dijo mi amigo S una cosa que, si bien al principio me pareció una tonería, tiene, cada día que lo pienso, más y más sentido.

S: “El mundo laboral funciona al revés de como debería funcionar”.
Pani: “¿Einh?”
S: “Te lo explicaré, amiga Pani. Los puestos laborales considerados más bajos deberían ser los considerados más altos”.
P: “¿Einh?”
S: “Santa paciencia... Por ejemplo, un obrero, un barrendero, un camionero o un autobusero, soportan grandísimas responsabilidades, además de riesgos laborales, que no están justamente consideradas, agradecidas ni pagadas”
P: “¿Einh?” (A veces me cuesta un poco)
S: “Joé, Pani, céntrate. Analicemos el trabajo de un autobusero. Un autobusero conduce, lo cual ya lleva implícito un riesgo que, en este país especialmente, es bastante alto.
P: “Cierto.” (La niebla empieza a disiparse en mi cerebro)
S: “Además, tiene la enoooorme responsabilidad de llevar varias decenas de vidas humanas en el autobús que él conduce”.
P: “Ahá”.
S: “Es como un piloto. Y si es como un piloto ¿Por qué el proceso de selección, así como el sueldo, no son como los de un piloto? Cualquiera puede ser autobusero. Basta con que te saques el carnet de autobusero. Pero llegar a ser piloto es muuuy difícil. ¿Por qué? ¿Por qué esa diferencia tan flagrante?”

Y lo mismo ocurre con el camionero. Su responsabilidad en la carretera es inmensa, directamente proporcional al tamaño y al tipo de mercancía que transporta. Deberían tener sueldos astronómicos, en consonancia con su responsabilidad, y un estricto control sobre sus horas de sueño, como los pilotos y los controladores aéreos.

¿Y los obreros? Los mismo que el propio arquitecto, si comete un error, una casa se puede venir abajo sepultando todo lo que haya dentro...

Y así podría seguir... Pero hoy quiero centrar mi atención en el autobusero. En el autobusero real, no el ideal.

De todos los autobuseros que conducen en nuestras ciudades y carreteras ¿cuántos lo son por vocación? ¿Cuántos disrutan con su trabajo? Y, sin embargo llevan sobre su espalda responsabilidades que sólo debería asumir alguien suficientemente motivado.

Me contó mi hermano que una vez, en un viaje de larga distancia en autobús, le ocurrió lo siguiente:

Era una de esas operaciones “salida” o “regreso”. Había atasco. El autobús pasaba por una carretera que cruzaba un paso a nivel. Avanzaban poco a poco, muy despacio.

Cuando le tocó el turno de pasar por encima de la vía, el autobusero no esperó a tener espacio suficiente para pasar de una vez. Avanzó un poco y cuando detuvo el vehículo, éste estaba completamente atravesado en la vía. Al cabo de un minuto o algo así empezó a sonar la campana que advierte de la bajada de barrera.

El autobús seguía atravesado en la vía y no tenía espacio para cruzar al otro lado. Tampoco podía dar marcha atrás porque los coches ya habían avanzado.

La barrera empezó a bajar y el autobusero, nervioso, empezó a tocar el claxon.

Los viajeros le pidieron al conductor que abriera las puertas, pero éste, que seguía pitando, no lo hizo. La barrera daba contra el techo y el lateral del autobús. Entre la gente, encerrada, empezaba a cundir el pánico.

Mientras, los vehículos de delante, girando y avanzando todo lo que podían, trataban de hacer hueco para el autobús.

Finalmente, con la barrera arañando el techo y el lateral del autobús, el conductor consiguió pasar metiéndose en parte en el arcén.

No hubo que lamentar ninguna tragedia, pero tampoco nadie denunció aquello. Un señor, que tenía a su cargo más de 40 vidas humanas, no sólo fue un imprudente, sino que, despreciando el código de circulación más básico, cometió un delito.

Puso en un riesgo innecesario la vida de todos los viajeros, y el hecho de que salieran de aquella situación ilesos no le resta gravedad a sus actos.

Lo más grave es que, a diario, profesionales de distintos sectores, ponen en riesgo la vida de otras personas desoyendo las normas más básicas de seguridad a través de imprudencias y faltas de responsabilidad social.

Cada vez que cojo el coche me encuentro con algún autobús que me embiste desde un ceda el paso, por ejemplo.

Mi amiga M, por otro lado, se queja de algo que todos hemos padecido en mayor o menor medida: El autobusero que cierra las puertas en las narices de aquel o aquella que se ha pegado tremenda carrera para llegar.

Conviene destacar aquí cierto ramalazo sexista: He visto a un autobusero esperar tranquilamente a que una señorita “de buen ver” alcance tranquilamente el autobús, o incluso volver a abrir las puertas que ya habían sido cerradas. Y he visto al mismo autobusero cerrárselas a otro chico o chica menos agraciada cuando llegaban jadeando debido al sprint final.

Sin querer hacer de esto una cruzada contra los conductores de autobús, debo señalar que su actitud hacia el viajero es un indicativo de su actitud hacia el trabajo: la desgana y la desidia conducen a la dejadez y a la imprudencia.

Volviendo a la idea descabellada de mi amigo S, termino diciendo que sí; que el acceso a determinados puestos de trabajo que consideramos fáciles o menores, debería estar controlado, vigilado, establecido y pagado en proporción directa a la responsabilidad que conllevan.

viernes, 11 de enero de 2008

VIAJES POR PLANCHA


“Ding dong ding dong ding dong” Estoy de visita en casa de mis padres y llaman insistentemente al timbre, mi padre cabecea mientras hace que prepara las clases del máster (del universo. Lo siento, me sale de corrido). Mis abuelas están sordas, una más que otra, pero para oir el timbre lo mismo da, ninguna lo oye.

Abro la puerta y es mi madre, que cuando está iracunda no es capaz de encontrar las llaves en el bolso.

Está iracunda porque Menaje del Hogar está intentando estafarle, no dos ni tres, sino diez euros de vellón. Que lo mismo daría si fueran dos, porque una estafa es una estafa, y tus céntimos son tan tuyos como tus euros, y duele igual cuando te los quitan con malas artes y mala fe, como es el caso.

Mi madre compró hace cuatro días una plancha en Menaje del Hogar: 60 euros; dos días después vio la misma plancha (misma marca, mismo modelo) diez (repito, diez) euros más barata en el CorteInglés. Sí, precísamente en el sitio con fama de caro (fama merecida, no vayamos a llevarnos a engaño).

Así que compró la plancha en el CorteInglés con la intención de devolver la que había comprado en Menaje del Hogar.

Cuando ayer abrí la puerta de su casa, mi madre estaba iracunda, con una bolsa en la mano. En la bolsa, de Menaje del Hogar, podía leerse: “Nadie vende más barato”. Y dentro de la bolsa estaba la plancha.

“Quita” Me dice (cuando mi madre está iracunda no entiende de besos) “que voy a pelearme con los imbéciles estos del Hogar” (Esté iracunda o no, tiene dificultades para acertar con los nombres).

Le pregunto (apartándome prudentemente de su camino) qué pasa y me cuenta que ha llevado la plancha a Menaje del Hogar para devolverla. “¡Qué no devuelven el dinero, me han dicho!” Mi madre es “fans” de la “devolución del importe”. “¡Qué me hacen un vale! ¿Para qué quiero yo un vale si es más caro que El CorteInglés?” Mi madre también es “fans” del CorteInglés, pero el caso es que tiene razón. ¿Para qué iba a querer ella un vale de un sitio que vende las planchas diez euros más caras que El CorteInglés?

Parece ser que en ese punto ha montado en cólera, como sólo ella sabe hacerlo: “¡En ese cartel dice que venden ustedes más barato que nadie!” Por lo visto, Menaje del Hogar está forrado de lonas que rezan “Nadie vende tan barato”. Así que mi madre amenaza con las acciones legales: “¡Les voy a denunciar!¡Me están ustedes engañando!”

La señorita, probablemente impresionada por la cólera desatada, le confiesa a mi madre que si le demuestra que en otro sitio venden la plancha más barata, le devolverán la diferencia. Así que mi madre, muy ufana, desenfunda el tiket del CorteInglés que demuestra los hechos.

“Pero es que aquí dice “pequeño electrodoméstico”, señora, esto puede ser cualquier cosa. No especifica”

Mi madre, bizca, mira el tiket y luego a la señorita. “¿Y qué quiere?¿Que le traiga la plancha?”

“Pues si” Dice la dependienta. Así que mi madre agarra su tiket del CorteInglés, agarra su plancha cara, da media vuelta y sale hecha un basilisco en dirección a casa.

Y aquí, en este punto, es donde yo le abro la puerta a una madre iracunda que viene a por su plancha barata para demostrarle a la señorita que ella no miente.

Por supuesto, yo esto no me lo pierdo: recojo mi abrigo, mi bolso y su plancha barata y me voy con ella y su indignación.

En Menaje del Hogar entramos a camara lenta, como en Matrix, las cabezas altas y las planchas en ristre. Pasamos al tipo de seguridad, que no se atreve a decirnos nada. Mi madre se dirije directamente a la dependienta que ha puesto en duda su honor y su credibilidad. Yo le cubro las espaldas.

“¡Pues aquí estoy” Le dice a la señorita arrancando la bolsa del CorteInglés de mis manos y balanceándola en las narices de la chica. Ella, atónita y algo acobardada, todo hay que decirlo, se asoma a la bolsa del CorteInglés y confirma que la caja que hay dentro pertenece a una plancha de la misma marca y modelo que la plancha cara que mi madre ha comprado en esta tienda.

“Pues tiene usted razón” dice muy bajito. No se si por regodearse o porque esperaba otra respuesta, mi madre pregunta: “¿Qué?”. “Que tiene usted razón, que ha demostrado usted que esta plancha es más barata y le daremos la diferencia”.

Y con esto engancha a un compañero (supongo que el encargado) y le dice “Esta señora ha demostrado que esta plancha que ha comprado en otro sitio es más barata que esta otra, que es igual, que ha comprado aquí. Hay que devolverle la diferencia.” y dirigiéndose a mi madre: “Ya le atiende mi compañero”.

El compañero va a la caja y le dice a la cajera que le devuelva a mi madre la diferencia, sus diez euros. Mi madre parece un poco más alta.

Y ahora, turno de dudas, cuestiones y preguntas:

¿Qué demuestra un objeto que no haya demostrado ya un tiket? Quiero decir, si en el tiket dice pequeño electrodoméstico y puede referirse a cualquier pequeño electrodoméstico, ¿Por qué la presencia de la plancha disipa esta duda? Mi madre podría haber llevado la plancha y un tiket de la compra de una minipimer en el que dijera “pequeño electrodoméstico: 35 euros” y haberse llevado una diferencia aún mayor.

Voy más allá: ¿Qué demuestra la caja de una plancha que no demuestre un tiket? Nadie verificó el contenido de la caja de la plancha barata, que hubiera podido estar vacía...

Y lo que es más importante: ¿Qué hubiera pasado si mi madre no hubiera comprado la plancha? ¿Cómo se supone que demuestras que has encontrado el mismo producto más barato? ¿Llamas a un notario? (están carísimos, los notarios). ¿Y si la plancha más barata la has encontrado en un bazar que no acepta devolución del importe? No la puedes comprar, llevarla como prueba palpable a Menaje del Hogar y luego devolverla.

Viaje uno: compra de la plancha cara en Menaje del Hogar; viaje dos: compra de la plancha barata en El CorteInglés; viaje tres: intento de devolución de la plancha cara en Menaje del Hogar; viaje cuatro: recojida de la plancha barata como prueba en casa; viaje cinco: devolución de la diferencia de la plancha cara en Menaje del Hogar; viaje seis: devolución del importe completo de la plancha barata en El CorteInglés.

Seis viajes para comprar una plancha son demasiados viajes. La próxima vez mi madre comprará directamente en El CorteInglés.

Menaje del Hogar hace publicidad engañosa: No sólo no vende más barato que nadie (diez euros de diferencia en un importe de 60 es mucha diferencia) sino que no te devuelve la diferencia. No hasta que te han convertido en una fanática peligrosa.