martes, 10 de junio de 2008

EL SHERIFF DEL TREN (II)


Si el miércoles 4 de junio nos sucedió lo descrito en la entrada anterior, lo que sucedió el jueves 5 en el mismo tren sí que es de traca.

En esta ocasión yo no estaba presente, pero me la han contado mis compañeros:

Subieron al tren, in extremis, como siempre, peleando por pasar sus billetes por las máquinas operativas, peleando por pagar un servicio a todas luces deficiente.

Subieron al tren y se encontraron, de nuevo, al Sheriff del tren. El revisor que el día anterior me había considerado afortunada porque no tendría que bajar con él en Príncipe Pío para demostrar que había pagado el viaje.

El mismo Sheriff estaba armando jaleo otra vez.

Esta vez había dado con un indivíduo que no había comprado el billete. Casi puedo verle frotándose las manos de placer...

El tipo le dijo que no había podido sacar el billete y que se lo pagaría en ese momento.


“¿No has podido o no has querido?” fue la respuesta cargada de ironía de el Sheriff.

“No he podido”

 

Bien, déjenme aclarar que si no pudo o no quiso, a mi me da igual. Yo me he colado a veces en el tren y he contado la misma historia, solo que entonces, el revisor se limitaba a cobrarme el billete y punto.

También me he visto en la situación de no poder comprar el billete (”no poder” poque no quería perder el tren que estaba entrando en el andén...)

Cualquier opción me vale, porque no voy a entrar a juzgar la honradez del tipo sin billete. Sí voy a juzgar, en cambio, el abuso de poder que ejerció el Sheriff del tren sobre este indivíduo.

Después de cierto número de gritos e improperios, negándose a cobrar el billete, le dijo al tipo que se tenía que bajar en la siguiente parada.


“De acuerdo. Me bajaré y compraré el billete, pero tranquilo ¿eh? Que yo le estoy diciendo que le pago el billete”

 

Más insultos e improperios.

Al final, el tren entró en la siguiente estación y cuando el tipo se disponía a bajar voluntariamente del tren, el Sheriff, que esperaba siniestro en un rincón, aprovechó su oportunidad y le empujó por la espalda y a traición.

El tipo, encendido de ira, pues se podía haber abierto la cabeza, le invitó a bajar para despacharse con él, a lo que el Sheriff, acobardado pero fingiendo indiferencia, contestó “No merece la pena”.

“Sí que merece la pena” se oyó decir a algiuen en el vagón. Mis compañeros le encararon y le llamaron cobarde, a lo que él sólo alcanzaba a responder, a gritos, eso sí, que el otro le había escupido.

Terminó la disputa con la retirada del Sheriff y, sólo dos o tres minutos más tarde, pudieron escuchar el comienzo de otra. Un viajero gritaba escandalizado “¡¡¿¿200 euros de multa??!!”

Hace mucho, años, que no me cuelo en el tren. Supongo que desde que abandoné la adolescencia, y creo que si uno disfruta de un servicio, debe pagarlo.

Ahora bien, y vuelvo a lo de siempre: si uno paga un servicio, al pagarlo contrata algo; y si no recibe aquello que ha comprado (transporte, pero también puntualidad y una cierta calidad de servicio), creo firmemente que debería tener derecho, cuando menos, a la devolución del importe.

Me parece que no estamos jugando en igualdad de condiciones cuando los ladrones me pueden poner una multa de 200 euros si no pago mi billete de 1,20 euros, pero yo no puedo exigir lo mismo ni si quiera cuando pierdo un tren a Málaga.

Pero en todo caso, lo más grave no es eso. Lo más grave es que el energúmeno de uniforme, el borracho de poder, abusó impunemente de su cargo y agredió físicamente a una persona que no le había provocado en absoluto. Le empujó por la espalda y a traición cuando el tipo estaba al borde de unos escalones, lo que agrava la acción en tanto en cuanto se podía haber caido y abierto la cabeza...

Primero ¿Quién se cree que es este tipo? ¿Una suerte de justiciero? ¿El dueño del tren? ¿El dueño de Renfe?

Segundo ¿En qué cabeza cabe que se le haya dado a un perfecto orate la responsabilidad de un revisor de billetes de tren? ¿En qué cabeza cabe que tengan a un agresor en un puesto que exige el trato con el viajero? ¡Un agresor!

El despido, en este caso, se me antoja un castigo insuficiente para las situaciones descritas en dos días seguidos.

EL SHERIFF DEL TREN (I)


He tratado de evitarlo durante bastante tiempo, pero al final ha resultado ser ineludible: vuelvo a caer en el tema de Renfe.

Vuelvo a caer porque ayer protagonicé un momento absolutamente antológico.

Renfe sigue funcionando mal, cada día peor, de hecho. No hay mañana que los trenes pasen a la hora correcta por la vía correcta.

Cambiaron los trenes hacia las Rozas de la vía 7 a la vía 4, y lo hicieron para nada, porque creo que yo todavía no he cogido un tren en esta vía, y cuando lo he hecho he acabado dirección Aranjuez o Guadalajara (¡!).

Ya no puedes leer tranquilamente en el andén y subirte despreocupadamente en el tren cuando éste se para delante tuyo. Si te descuidas puedes acabar en Alcalá, o en Guadalajara, o sabe Dios dónde...

Ahora tienes que estar alerta, en tensión, cosa que la voz lacónica del tipo moribundo que tienen en megafonía no te pone demasiado fácil... Me lo imagino encadenado a la pared de su celda, alimentado de un mendrugo de pan duro y un cuenco de agua sucia que a veces devoran las ratas. Es la voz de la deseperanza.

Los rótulos advierten que en 6 minutos (a las 9:30) pasará un tren con destino Príncipe Pío y Villalba por la vía 4. A los 5 minutos, el rótulo cambia y anuncia (a traición) un tren con destino Aranjuez. Si no te has subido a éste, estás de suerte.

Esperas a que este tren se vaya y miras el rótulo con la esperanza de que el tuyo venga pronto.

Mientras, el rótulo de la vía 3, que anunciaba un tren con destino Alcalá, cambia y anuncia un tren con destino Príncipe Pío y Villalba. Si estás alerta y en tensión y ojo avizor, puede que te des cuenta del cambio y consigas subirte a tu tren, que pasa con retraso y por otra vía.

Con todo, has desarrollado un caparazón de paciencia que evita que agredas a los empleados de Renfe (los del Ave ahora en huelga, por cierto, que los viajeros no somos los únicos que padecemos a los déspotas y mafiosos señores de Renfe) cada día.

Ayer, sin embargo, colmaron mi paciencia. No tuve más remedio que ceder y escribir hoy, una vez más, por cansino que pueda resultar, un post dedicado a estos ladrones.

Volvía de trabajar con mis compañeros. Habíamos picado todos en los tornos de nuestra estación (en los tornos que funcionan, pues no todos funcionan, claro) y corrido para coger el tren que casi se escapaba.

En el rótulo se anunciaba un tren en tres minutos, pero al parecer llevaba anunciando un tren en tres minutos toooodo el santo día. El rótulo estaba estropeado.

Cogimos el tren y al subir encontramos a un revisor. Nos pidió los billetes y, al darle el mío, comenté que el servicio que presta Renfe Cercanías no está ni de lejos a la altura del control de billetes que llevan a cabo.

El revisor miró mi billete y luego alzó la mirada para encontrar la mía con un gesto de inconfundible sorna.


“¿Qué? ¿Nos hemos colado?”

“¿Perdón?” Respondí, perpleja.

“Venga, ¿Dónde te has subido?”

“Oiga, que yo acabo de subirme en el Barrial y he picado mi billete...” 


El tipo, creciéndose, me sostuvo la mirada unos instantes y me dijo:


“Pues te vas a tener que bajar conmigo en Príncipe Pío para comprobarlo”

“No, verá, yo no me puedo bajar en Príncipe Pío con usted porque me tengo que ir a Atocha”

 

El tipo se apartó entonces, con mi billete en la mano, para colocarse debajo de una luz, desde donde anunció:

 

“Vas a tener suerte”

“¿Ah, si?” Respondí con ironía

“Si, porque aún puedo ver las marcas que ha dejado la máquina”

“¿Voy a tener suerte porque usted puede ver las marcas de su máquina, que se ha quedado sin tinta y, gracias a eso no me tengo que bajar con usted?”

“Si”

“O sea, ¿que su máquina no funciona -como casi todo en Renfe- y yo tengo que acompañarle para demostrar que he pagado mi billete?

“Si”

 

Vamos a analizar esta situación con un poco de detenimiento:

Los rótulos no funcionan, las máquinas canceladoras de billetes no funcionan, los horarios no funcionan, el aire acondicionado no funciona... ¿Cuántos retrasos me ha ocasionado Renfe? Sinceramente, ya ni los cuento, uno al día por lo menos, cuando no más.

Nunca, repito: NUNCA, Renfe se ha dignado a devolverme el importe del billete. Nunca, mucho menos, se ha dignado a indemnizarme por mi tiempo y mi paciencia. ¿Y disculparse? A lo sumo, con un imperativo que obliga, que no te deja opción,  te exigen: "disculpen las molestias". ¿Molestias? Señores, cuando se da a diario, la molestia se torna algo más que una molestia.

Sin embargo, sí consideran oportuno hacerme perder más tiempo y paciencia si una de sus máquinas (cuando no todas) se estropea, se le acaba la tinta (¡¡Qué estamos en el siglo XXI, oiga!!) y el Sheriff del tren no puede verificar que el billete ha sido debidamente cancelado.

Yo sí que puedo perder tiempo, paciencia y ¿por qué no? dinero.

¿Qué pasa si el Sheriff del tren no puede o no quiere ver las fantasmales marcas en mi billete y me obliga (¡ja!) a bajar con él en Príncipe Pío? ¿Y si por este motivo yo pierdo un tren a Málaga que sale de Atocha? ¿Hemos perdido el juicio?


“Dónde ha cancelado su billete?” Me preguntó a continuación

“Ya se lo he dicho, en el Barrial”

“No. Qué “dónde””

“No le entiendo... “Dónde” ¿¡Qué?!”

“Que en qué máquina”

“¿Y yo qué se? En la primera o la segunda por la izquierda, creo. Hay una que no funciona nunca ¿sabe? Como casi todo en Renfe, pues la de su izquierda.”

“Renfe funciona estupendamente”

“No estoy de acuerdo. Casi nada funciona correctamente”

“Pues si no le gusta ya sabe lo que hay”

“¿Qué?”

“Hay otros transportes, pruebe con el autobús”

 

¡Acabáramos! Yo pago Cercanías directa e indirectamente, con mis impuestos y con mi billete, para que venga el Sheriff a decirme que si no me gusta, puerta.

¿Desde cuándo paga uno un servicio y si no está satisfecho, encima le enseñan la puerta? Desde que los monopolios existen y ejercen como tales, oiga, que la cosa es tan simple como eso.

Voy más allá: ¿Qué otro medio de transporte urbano conoce usted que venda billetes de 10 viajes con fecha de caducidad en un mes? ¿Saben, han calculado alguna vez, cuánto dinero nos roban estos ladrones con licencia?

Pues bien, según el Sheriff borracho de poder, tuve suerte. ¡Suerte!

viernes, 30 de mayo de 2008

AI


Trabajo, para bien o para mal, en un edificio inteligente, de esos de polígono empresarial, con su lápida con los nombres de los arquitectos y todo, que parece que estuvieran muertos y enterrados a los pies del edificio, lo cual no me sorprendería, pues yo los hubiera liquidado sin miramientos.

El edificio, además, tiene el dudoso placer de haber sido inaugurado por la insigne Espe hace relativamente pocos años.

A quién tomaron el pelo los arquitectos no viene al caso, pero se lo tomaron pero bien. El edificio se cae a pedazos: las paredes se desconchan, las manchas de humedad aparecen por doquier, los pomos de las puertas se caen para quedarse en tu mano, las goteras son grotescas y ahora, para colmo, el agua es como el resultado de un experimento nuclear... el agua "potable" sale de un sospechoso color amarillo que se torna naranja con el paso de los días... 

Además tiene una suerte de grumos de densidad ligéramente superior a la del agua, como unos "mocos" flotando. Mocos que, al cabo de un par de días en una botella cerrada, hemos podido comprobar, crecen y toman cuerpo. Yo creo que si los dejásemos más tiempo empezarían a hablar.

Al cabo de dos días en semejante situación, la empresa a tenido a bien prevenirnos con un rudimentario cartel para que no bebamos el agua.

Al cabo de dos días, si hubiésemos seguido bebiendo ese agua, ya estaríamos muertos.

Por otro lado, la empresa no tiene a bien facilitarnos el acceso a un agua potable gratuita. El agua de las máquinas de bending cuesta lo mismo que cuando tenemos agua corriente y potable: 35 centimos 50cl.

Yo bebo de media 1l por la mañana y otro por la tarde, con lo que ahora me gasto al día 1,40 € cuando antes me gastaba 0€.

Me pregunto ¿No es obligación de una empresa proporcionar a sus empleados (más de 800 en este edificio) agua potable gratuita? Más aún, ya no voy a hablar siquiera de gratuidad: esta mañana se había agotado el agua en todas las máquinas de bending.

Me temo que asisto a la caída del imperio. Qué asco.

martes, 4 de marzo de 2008

SIGUE SIN ESTAR DISPONIBLE


Movistar, en un intento obsesivo por tenernos a todos localizados y controlados, riza el rizo.

 

Sin consultarte, porque cada vez disimulan menos que lo que tu quieres les importa un carajo, te imponen un nuevo servicio gratuito (sólo faltaba); el servicio “Avísame”.

 

El servicio “Avísame” básicamente lo que hace es dejarte en bragas.

 

Digamos que tu, por los motivos que sean, no quieres hablar con alguien. Digamos que, por desventuras de la vida, ese alguien tiene tu número de teléfono móvil. Te llama. Te llama. Te llama. Es tenaz, vaya. Al final, harto, le das botonazo (en la jerga, le cuelgas. Porque en el mundo de los móviles puedes colgar sin descolgar) y, yendo un paso más allá, apagas el móvil para hacerle pensar que te has quedado sin batería y para que, así, desista de llamarte a cada minuto.

 

¡Ja! Movistar se ha alineado con tu enemigo. Ha puesto a su servicio un arma terrible. Te han puesto un localizador. Ya no podrás encender tu móvil en las próximas tres horas sin que el personaje cansino y tenaz reciba al instante un chivatazo de tu operador que le indica que ya puede volver a la carga.

 

Pero este servicio tiene otros inconvenientes, no es sólo la persecución sin tregua, no...

 

Digamos que tu has llamado a tu amiga Pepita a las once de la noche, una hora más que razonable entre vosotros, un lunes. Pepita, cosas de la vida, tiene el móvil apagado o fuera de cobertura.

 

Al segundo de colgar el teléfono te llega un mensaje: Movistar te avisará cuando Pepita vuelva a estar disponible en las próximas tres horas.

 

Decepcionado porque el mensaje no es de ningún amigo, lo borras.

 

Y te olvidas. Te olvidas de Pepita, del mensaje y de Movistar. Has cenado, has visto un rato la tele, leido o lo que quierar que sea que hagas en tus ratos de ocio, hecho tus abdominales, etc.

 

El caso es que entre las doce y la una, pongamos, te has acostado, de manera que cuando ya has cogido el sueño o, en el peor de los casos, lo estás cogiendo, Movistar tiene a bien recordarte que Pepita sigue sin estar disponible.

 

A las dos de la mañana, sobresaltado, bizco y muerto de sueño, miras el móvil incrédulo. ¿Pues no te han despertado los señores de Movistar para restregarte por las narices que Pepita sigue en el mismo estado de ilocalizable que cuando tu la llamaste? Deseas ser Pepita, deseas ser ilocalizable. O, en el peor de los casos, deseas estrellar tu móvil en la cabeza estúpida de Pepita, y luego estrellar a Pepita contra las cabezas de los inútiles de los señores de Movistar, en el caso de que aún las conserven de adorno, porque lo que es para pensar, está claro que no las tienen.

 

Señores de Movistar, su servicio, inútil de solemnidad desde su origen, no es gratuito. Ya he pagado el precio de ser despertada por ustedes en, al menos, tres ocasiones.

 

Si mi amiga sigue sin estar disponible a las dos de la mañana (y quien dice a las dos, dice a las once), me basta con su silencio, el de ustedes, que si mi amiga me quiere devolver la llamada ya sabrá ella si procede o no.

 

Si mi amiga está disponible a las dos de la mañana, a lo mejor me la sopla y resulta que no es tan importante como para arrancarme de mi plácido sueño.

 

Señores de Movistar, no respetan ustedes nada.

martes, 19 de febrero de 2008

MUY PROFESIONAL (III)



A riesgo de resultar pesada, quiero dedicar un tercer post a la profesionalidad. Esa cualidad que brilla por su ausencia en todos los sectores:

 

Autónomos (si está usted pensando en el de la caldera, en el fontanero, en el electricista, en el cerrajero, en el técnico, en el mecánico, etc., va por el buen camino), funcionarios (ni siquiera veo necesario extenderme en este sector), trabajadores por cuenta ajena (el compañero, la compañera, el jefe o la jefa que no dan un palo al agua y que, cuando mueven el dedo o abren la boca para justificar su salario, es aún peor...), empresarios y empresas...

 

Hoy nos vamos a centrar en estos últimos, empresarios, empresas y empresitas que engañan, estafan, roban, malversan, evaden, acosan, abusan, explotan, acusan, extorsionan, mienten, etc. Seguro que ya se le ha ocurrido más de una.

 

Me valen, por ejemplo todas las de telefonía o todas las eléctricas, me valen bancos, Cajas, fabricantes de electrodomésticos y otros aparatos eléctricos, sean los que sean, me valen fabricantes de aperitivos, como de congelados, me valen empresas de transportes, públicas y privadas, me valen agencias de viajes y de publicidad. Me vale todo o casi todo...

 

Por ejemplo, Nokia, y antes de continuar, quiero aclarar que soy Nokiera a muerte. Que no me fio de nada que no sea Nokia, que me gusta Nokia, que me gusta su diseño y lo intuitivo y fácil de su menú. Vamos, que soy “fans” de Nokia. Pero...

 

Mi amiga B se compró un móvil Nokia hace menos de dos meses y el aparato ya se corta cuando le viene en gana o deja de oirse. No está mal. Compras un móvil y ni siquiera es capaz de desempeñar su función principal dos meses después de la compra.

 

 

No parece algo de lo que quejarse, pero es porque nos hemos acostumbrado a que las cosas que compramos pueden estar mal. Sobre todo con la telefonía. “Este móvil me ha salido malo, lo he tenido que llevar a arreglar tres veces ya”. Ni que fuera un melón.

 

¿Se dan cuenta del perjuicio que nos causa? Te compras un telefonito sin pretensiones, para hablar, que es para lo que tu lo quieres, para hablar, y después de dos meses ya tienes que emplear tu tiempo y tus esfuerzos en llevarlo a arreglar. Llévalo, explíca qué le pasa, llama para ver si ya lo tienen arreglado (porque, digámoslo ya: ellos nunca llaman), recógelo...

 

Nokia, en lo que podemos calificar de todo un alarde de atención al cliente, para facilitar esta incómoda situación (y lejos de testar mejor sus aparatos) se compromete a facilitar al triste dueño de un móvil enfermo en periodo de garantía, un móvil de repuesto mientras el otro es reparado.

 

Así las cosas, B lleva su móvil nuevo enfermo a una tienda de teléfonía para que se lo reparen.

 

El dependiente le da dos impresos para rellenar y B, obediente, los rellena. Después, extrae su tarjeta SIM y le entrega su móvil al dependiente, que lo etiqueta y lo guarda.

 

B: (Viendo que el dependiente no le va a dar su móvil de repuesto de manera espontánea) ¿Me das mi móvil de repuesto?

D: ¿Eh? ¡Ah! Es que no tengo

B: ¿Perdón?

D: Que no tengo

B: ¿Y te parece lógico que yo salga de aquí con una tarjeta en la mano?

D: Ya...

B: Se supone que Nokia te da un móvil de repuesto cuando dejas el tuyo para que lo reparen.

D: Si, es que tenía cinco y se me han acabado. ¿No tienes a nadie que te pueda prestar un móvil?

 

Inciso, dos cosas: El dependiente, la tienda, tenía cinco móviles de repuesto para entregar a los dueños de Nokias enfermos en periodo de garantía. No se si me parecen pocos móviles de repuesto o muchos móviles enfermos en periodo de garantía, demasiados.

 

En cuanto a la pregunta del dependiente, no debemos pasarla por alto. Estoy harta de que esta gente suponga que todo el mundo tiene a alguien, que todo el mundo puede estar en su casa a las diez de la mañana esperando al de la caldera (que llega a las dos) o que tiene a alguien que no tiene nada mejor que hacer que aceptar ir a tu casa a esperar al de la caldera toda la santa mañana de un martes. No, señores. No todo el mundo tiene a alguien que te puede prestar un coche, o llevar, o traer, o prestarte una casa durante seis meses, o dejarte un móvil (aunque los regalen con las magdalenas). No-todo-el-mundo-tiene-a-alguien. ¡Hombre ya!

 

Retomando:


D: Si, es que tenía cinco y se me han acabado. ¿No tienes a nadie que te pueda prestar un móvil?

B: No.

D: Ya. Pues es que yo no tengo. (En una tienda de telefonía móvil)

B: (Calentita) Bueno, pues devuélveme el mío.


Recuperado su móvil nuevo enfermo, se va al CorteInglés, donde hay un departamento de telefonía móvil con un mostrador de Nokia.


Bárbara cuenta de nuevo los síntomas que presenta su móvil y el dependiente le dice que podría ser de la tarjeta SIM (que parece deteriorada) y que, antes de mandar el móvil a reparar, lo mejor es que mi amiga vaya al mostrador de al lado y se haga un duplicado de la tarjeta para descartar que el fallo no es de la misma.


B: Los síntomas que te acabo de describir no parecen provocados por la tarjeta ¿No crees? Yo creo que es el móvil el que está mal.

D: Pero no puedo mandar el móvil a reparar hasta que no hayamos comprobado que la tarjeta funciona correctamente.

B: O sea, que me tengo que hacer un duplicado por narices.

D: Si.

B: ¿Y si me hago el duplicado y vuelvo, mandaremos mi móvil a reparar?

D: Si, una vez hayamos comprobado que la tarjeta funciona correctamente.


Mi amiga toma aire, va al mostrador de al lado y se hace un duplicado de la tarjeta. Son 4,50 euros, 750 pesetas de las de antes.


Cuando vuelve al mostrador de Nokia, pone la nueva tarjeta en su móvil nuevo enfermo y lo enciende ante la mirada del dependiente. A los dos o tres segundos, el móvil se apaga.


B: Pues parece que no es de la tarjeta.

D: No, parece que no.

B: Acabo de pagar 4,50 euros por un duplicado de tarjeta que no necesito

Otro dependiente que pasa por allí: Mujer, un duplicado siempre viene bien.

B: Lo que habría estado bien es que hubiérais tenido un aparato para testar las tarjetas.

D: Ya.

B: (Armándose de paciencia) ¿Podemos mandar ahora mi móvil a reparar?

D: Si, cómo no. Por favor, rellene estos formularios.

B rellena los formularios, le quita la tarjeta al móvil y se lo entrega al dependiente, que lo etiqueta y lo guarda. Después mira a mi amiga, que espera con una tarjeta en cada mano, como diciendo “¿Y ahora qué?”


B: ¿Me puedes dar mi móvil de repuesto?

D: ¿Eh? ¡Ah! ¡Uy! ¡Pues no se si tengo!


Afortunadamente tuvo. Pero no puede uno evitar preguntarse ¿No sería lo normal que la tienda comprobase, antes de tramitar la reparación de un aparato, si puede o no suministrar un móvil de repuesto, e informar al cliente? Es más ¿No sería lo normal que Nokia, la empresa que se ha comprometido con el cliente, controlase y vigilase que su compromiso se cumple en todas las tiendas y distribuidores autorizados?


Esta dejadez, esta falta de interés, se traduce en falta de profesionalidad. ¿De qué me sirve a mi un teléfono de atención al cliente si en las propias tiendas me tratan como a la tía del pueblo?

MUY PROFESIONAL (II)


Continuando con lo anterior, ¿Y cuando te subes a un taxi esperando, una vez más, a Mr Hyde o algo peor y lo que te encuentras te deja boquiabierto y ojiplático? ¿Qué ocurre cuando el taxista se dirige a ti con corrección, cuando te trata como a un cliente (cuando tu ya has perdido la costumbre de sentirte cliente hasta el punto de creer que el cliente es una leyenda urbana)? Ocurre que se vuelve sospechoso, que le miras con recelo, que no te lo crees, que buscas la cámara oculta por el rabillo del ojo...

El otro día le pasó a mi amiga G que se subió a un taxi y pasó a buscarme. Tuvieron que esperarme un poco hasta que llegué y, oye, inaudito, lo primero que hizo el taxista fue parar el taxímetro. A mi amiga se le saltaron las lágrimas de la emoción ante un gesto, un detalle, que debería ser lo normal.

Casi tartamudeando, mi amiga le agradeció el detalle y él, muy profesional, le dio su tarjeta: "Si alguna vez tiene problemas para encontrar taxi, no dude en llamarme. Unos compañeros y yo mismo, más allá de nuestra empresa de tele taxi, nos hemos asociado para prestar un servicio mejor y más personalizado".

Las carencias en el servicio de taxis en Madrid son escalofriantes. Tanto que lo obvio no lo es tanto. Me explico: era obvio que si un taxista despuntaba con un poco, un poquito, de profesionalidad (esa cualidad que tanto nos falta), intentaría enmendar esas carencias y, como consecuencia, triunfaría. No era obvio, y aún hoy no lo es, que sean tan pocos los taxistas con ese poco, poquito, poquito, de profesionalidad. Tan pocos son que se cuentan con los dedos de una mano y nosotros nos peleamos por tener una copia de la tarjeta del taxista que atendió a mi amiga.

Esa tarjeta vale su peso en oro. Es la tarjeta de un profesional.

MUY PROFESIONAL (I)


¿Qué ocurre en nuestros días que es cada vez más difícil encontrar profesionales? Encontramos gente que nos vende viajes sin saber lo que es un viaje, encontramos gente que hace publicidad de un producto que no conoce, encontramos taxistas y conductores de autobús que no saben conducir y, lo que es casi peor: no saben tratar al cliente; no tienen psicología. Encontramos cocineros que no aman la cocina; gente, en definitiva, que no siente curiosidad, mucho menos pasión, por lo que hacen.

Quizá por eso se agradece tanto cuando, de pronto, de entre las ruinas de la mediocridad, sin previo aviso, resplandece el brillo inequívoco del profesional. Ese que te ilumina, que te descubre, que te ayuda, que sabe de lo suyo.

Ya sea lo suyo vender quesos o alcayatas, o introducir entradas en una base de datos, lo sabes, lo sientes, es bueno; es lo suyo.

Y las cosas fluyen cuando tratas con uno de estos seres en peligro de extinción, con un profesional, que te dice, te explica, te aconseja, te enseña...

A priori puede parecer de perogruyo, pero es que ayer estuve en el Albur, un restaurante al que hacía mucho que no iba por motivos que no vienen al caso. Lo que sí es el caso es que, para variar, no me decepcionó.

Sacarme a mi contenta de un restaurante no es tarea sencilla, debo advertir, pero de allí siempre he salido contenta. Ojo, no es ningún restaurante de lujo o postín. Al contrario, de lo más corrientito (aunque hoy no tan corriente) con una relación calidad precio más que buena. Pero más que la relación calidad precio, quiero hablar del equipo.

El restaurante, pese a ser grande, suele estar lleno. Lo curioso es que esto no es óbice para que tú sientas que eres el único cliente del restaurante, tal es la atención. Cuenta con un equipo de profesionales magnífico.

"Equipo de profesionales", frase manida donde las haya. La mayoría de las veces una falsedad en sí misma. He estado en empresas que han cacareado tener un equipo de profesionales dedicados a solventar patatín y patatán y, a veces, por no tener, no tenían ni equipo. El equipo resultaba ser una personita infravalorada y mal pagada que difícilmente podía solventar nada...

Pero estos sí; no se si bien pagados o no, pero equipo de profesionales sin duda. De los que levantas la mano y, oye, ¡Vienen! De los que les pides algo (aunque sea agua) y, oye, ¡Te lo traen! De los que se les olvida algo y, oye ¡Se disculpan! De los que sonríes y, ¡Pardiez! ¡Te devuelven la sonrisa! Y ya pueden tener el restaurante hasta la bandera, y ya pueden estar ahogaditos de trabajo, que a ti lo que te toca es una sonrisa, educación y buenas formas.

Si señor, muy profesional...