viernes, 7 de noviembre de 2008

INOPERANTES

Operadores se llaman, jajajaja... (Risa histérica)

 

Hace mucho, mucho tiempo, en 2006 concrétamente, la que suscribe cometió un error terrible; un error que pagaría cada uno de los días de los tres meses que siguieron.


¿El error? Intentar, inconsciente de mi, cambiar de operador, de Telefónica a Jazztel.

 

Yo pagaba mucho más que otros amigos y compañeros por una calidad de servicio que distaba poco o nada de la que ellos recibían de otros operadores.

 

Llamé a Jazztel, que por aquel entonces tenía una oferta tentadora, me informé de las condiciones, los términos y los precios e hice, inconsciente de mi, una grabación de voz autorizando a éste operador a llevar a cabo las gestiones y operaciones necesarias para realizar la portabilidad.

 

Portabilidad: dícese de coger tu número de teléfono y llevártelo, desairado, si es que procede, a otro operador, eah!.

 

Se ve que lo de la portabilidad les duele, que perder un número es casi peor que perder un cliente. Si te das de baja, si das de baja tu línea, les duele menos que si se la confías a otro operador.

 

¿En qué se nota? En que, pese a la manifiesta ilegalidad del asunto, los operadores entran en una guerra encarnizada que te deja a ti, cliente, en medio, desamparado y en un profundo estado de indefensión y desconcierto.

 

Comenzó con esta grabación de la que os hablo un calvario de tres meses indescriptible. Sólo aquel que lo ha vivido conoce el extremo de esta desesperación.

 

A la semana, más o menos, me quedé sin línea, es decir, sin teléfono y sin internet.

 

Al principio no me preocupé: Jazztel ya me había advertido de que en algún momento y durante un periodo corto, estaría sin línea.

 

Esperé unos días y, ante la ausencia de noticias, llamé a Jazztel. Subrayo: Llamé YO a Jazztel, y no al contrario. Jazztel en ningún momento hizo por ponerse en contacto conmigo.

 

Me dijeron que ellos no tenían nada que ver con el corte de la línea, que tenía que ser cosa de Telefónica y que, en ausencia de línea, no podían proporcionarme los servicios contratados.

 

Lejos de ofrecerse siquiera a solucionar ellos el problema (¿para qué narices había grabado yo mi voz diciendo que sÍ, que les autorizaba a todo lo que ellos quisieran y más, si luego me lo tenía que resolver yo, que era precisamente lo que yo no quería...?) me dijeron que lo tenía que gestionar yo.

 

Llamé a Telefónica, inconsciente de mi, y, tras sortear las pertinentes (o impertinentes) y descorazonadoras grabaciones de un menú absurdo, hablé con el primero de una larga y espesa lista de inoperantes operadores, telefonistas o comerciales, como se quieran llamar. Lo importante aquí es el adjetivo: inoperantes, ineptos, inútiles... Un muro infranqueable de ineptitud, ignorancia e indeferencia.

 

Este primer operador inoperante me pasó, casi sin pestañear y en lo que sería el comienzo de un circulo vicioso infinito, con incidencias técnicas, con el 1002.

 

Aquí el protocolo, me lo se de memoria, es como sigue:

 

Yo: No tengo línea

Operador Inoperante: ¿Cuántos aparatos telefónicos tiene en casa?

Y: Uno

OI:¿Ha probado a conectarlo directamente al PTR?

 

Inciso: Cuando has pasado por una experiencia traumática como la que estoy relatando, ya no se te escapa lo que es un PTR. El PTR es un cajetín que lleva el cable de teléfono a tu casa. En el cajetín hay una conexión en la que se puede introducir la clavija del teléfono directamente. De esta manera, si no tienes teléfono, pero aquí te da línea, significa que la avería la tienes en casa y que te va a costar como poco y por lo pronto 50 pavos en concepto de transporte. Vamos, que en lugar de un metrobús, el técnico se agencia un abono transportes cada vez que va a tu casa.

 

Retomo:

OI: ¿Ha probado a conectarlo diréctamente al PTR?

Y: Si

OI: ¿Y no tiene línea?

Y: No (Pensando “Mierda, ya me ha tocado un inútil”)

 

Llegados a este punto se puede decir que aquí termina el protocolo de atención al cliente en incidencias técnicas de Telefónica: “¿Ha probado en el PTR?” es todo.

 

A partir de aquí te preguntan tu nombre, apellidos, dirección... que yo me pregunto... ¿No se supone que los tienen ya? ¿Es que en Telefónica siguen trabajando con pedacitos de papel o post-it? Nombre, apellidos, dirección y... ¡¡Teléfono de contacto!! ¡¡Pero si no tengo!! Piensas... ¿Qué sucede si soy un sin-amigos, un solitario, un huraño y un ermitaño y no tengo móvil porque no me da la santa gana y lo único que tengo es un teléfono de mierda que me alquila (¡¡Me alquila!!) Telefónica y que ahora no funciona?

 

Sucede que te jodes.

 

Una vez le has dado tus datos, la conversación se da por terminada.

 

Al cabo de unas horas me llamó un tercer operador inoperante que me dijo que la línea de la que hablábamos ya no pertenecía a Telefónica, que pertenecía a Jazztel.

 

Atónita, cabreada e indignada, llamé de nuevo a Jazztel y descargué mi ira con otro, otro más, operador inoperante que aguantó el chaparrón y me dijo que no, que la línea no era de Jazztel, que era de Telefónica.

 

Aquí, y era pronto, ya se mi hizo un nudo en la garganta.

 

De nuevo llamé al 1004 y, de nuevo, sorteé, esta vez a gritos, las grabaciones del menú absurdo. Finalmente me atendió un ser humano tan inteligente como una grabación.

 

Le conté mi problema y me dijo que sí, que al él le constaba en el sistema (El Sistema... Un día deberían hacer una peli de terror psicológico con ese título) que la línea, efectivamente, era de Telefónica.

 

Le expliqué, con los restos maltrechos de mi paciencia, que en el 1002 me habían asegurado que la línea era de Jazztel.

 

“No, no, la línea es nuestra” me dijo, “Le voy a pasar con incidencias”. Y antes de que pudiera decir “Esta boca es mía” me había pasado con el 1002.

 

“¿Ha probado a conectar el teléfono directamente al PTR?”

 

“¿Están de coña?” Me pregunté...

 

Le conté mi problema y el operador inoperante me preguntó, impertérrito, mis datos y un teléfono de contacto.

 

Uno tiende a pensar que no están allí sentados, leyendo, haciendo un crucigrama o limándose las uñas mientras contestan mecánicamente a nuestras llamadas... uno tiende a pensar que toman alguna nota, que introducen en el maldito sistema algo de lo que les dices, aunque sólo sean tus datos y tu teléfono de contacto, pero no. Nos equivocamos. O el sistema es un sistema de post-it o es que pasan ampliamente de tu culo. Me inclino por lo segundo, aunque no descarto lo primero.

 

Cuando me llamó el inútil del 1002 para diagnosticar mi avería me dijo que la línea pertenecía a Jazztel. Le expliqué que acababa de hablar con un compañero suyo en el 1004 y que éste había comprobado en el sistema que la línea era de Telefónica.

 

OI: Pues aquí me consta que la línea es de Jazztel, y mientras sea así yo no puedo hacer nada. Tiene que llamar al 1004.

Y: Le estoy diciendo que he hablado con un compañero suyo en el 1004 y me asegura que la línea es de Telefónica.

OI: Pues yo no puedo hacer nada. ¿Le puedo ayudar en algo más?

Y: No. Me puedes ayudar en esto. Puedes hablar con el 1004 y aclarar esto.

OI: Lo siento, pero no tengo transfer directo con el 1004

 

Ni se lo que es el transfer directo ni me importa. La conclusión de todo esto es que había entrado en un bucle temporal, en una espiral sin sentido, en una pesadilla de la que no despertaría en mucho, mucho tiempo.

 

Cientos de inútiles después, siete u ocho al día, cada día de la semana, me llegó una carta de Telefónica: ¡¡Una factura!! Una factura en la que se me cobraba mi línea, mis llamadas y mi ADSL. No podía creerlo, no daba crédito.

 

¿Cómo era posible que estuvieran cobrándome los servicios cuando a) llevaba un mes llamando a diario para decir que no tenía línea y b) en el 1002, además, me aseguraban que la línea no era de Telefónica sino de Jazztel?

 

Llamé al 1004 por enésima vez, hecha un basilisco, y me dijeron, por enésima vez que la línea sí era de Telefónica y que por eso me había llegado la factura. “¡¡¡Pero si llevo un puto mes sin línea!!!”

 

“Dejo constancia de su reclamación para que le devuelvan el importe de la factura y le paso con incidencias en el 1002”

 

Por lo pronto ya sabía que me iban a seguir cobrando. Que tendría que ser yo la que llamase y reclamase para que me devolvieran el dinero. Y que, una y otra vez, siguiese la vía que siguiese, acabaría en el 1002 asegurando que sí, que había probado a conectar el teléfono directamente al PTR.

 

Todos los días, además, llamaba a Jazztel, desesperada porque eran ellos, y no yo, los que tenían que estar haciendo lo que yo estaba haciendo.

 

Unos días eran mejor que otros. Unos días me daba la risa floja; otros, la risa histérica; otros, chillaba e incluso insultaba... y otros llegaba al borde de las lágrimas. Me estaba volviendo loca.

 

Finalmente, en Jazztel, casi ni contestaban a mis llamadas... Yo creo que ya sabían quién era... los inoperantes reconocían mi voz, saltaban las alarmas, y nadie cogía el teléfono.

 

Un día, en mayo, alguien contestó a una de esas llamadas y me informó de que me había dado de baja. ¡¡¡¿¿Cómo??!!! Me dijo que YO había llamado y solicitado la baja del servicio con fecha tal de mayo a las tal horas y cual minutos.

 

Flipé. Era el colmo del absurdo. Primero, llevaba días sin que me contestaran al teléfono. Segundo, en ningún momento yo había hecho ninguna grabación de voz solicitando mi baja del servicio. Y tercero y más importante: ¿Desde cuándo es tan fácil que te den de baja de un sitio de estos?

 

¡¡Se lo habían inventado!! ¡Me habían dado de baja sin mi consentimiento! Exigí que me pusieran la grabación con mi voz pidiendo la baja. Por supuesto, no podían hacer eso...

 

El sentimiento de impotencia es indescriptible.

 

En Telefónica, por otro lado, seguía igual, reclamando las facturas, explicando que no tenía línea, asegurando que había probado en el PTR, dando mis datos y un teléfono de contacto un millón de veces al mismo departamento, escuchando una y otra vez el mismo sinsentido: Su línea pertenece a Jazztel. ¡¡¡Pero si me han borrado!!! Les gritaba ¡¡¡Me han borrado!!!

 

Al borde de la locura, de la pérdida de la razón, absolutamente desesperada e impotente, solicité a Telefónica de nuevo sus servicios. Llamadas nacionales y ADSL: 65€.  Habría pagado 150€ si me los hubieran pedido. Me había rendido. Habían ganado la batalla.

 

Solicité a Telefónica de nuevo sus servicios y ya nadie volvió a poner en duda que mi línea perteneciera a Telefónica. Curioso.

 

Lo más gracioso de todo esto es que ahora, dos años después, he vuelto a caer. He vuelto a tropezar con la misma piedra, inconsciente de mi...

 

He vuelto a grabar mi voz autorizando a otro operador, esta vez Orange, a realizar las gestiones oportunas para llevar a cabo la portabilidad de mi número.

 

Siete u ocho días después no tenía línea. La llamada de rigor a Orange dio el resultado que yo ya sospechaba: ellos no habían tenido nada que ver. La línea la había cortado Telefónica.

 

Me eché a temblar, me entraron sudores fríos y se me puso un nudo en la boca del estómago. Me volvieron todos los recuerdos de golpe... ¡¡¡Noooooooo!!! ¡¡¡Otra vez nooooooo!!!

 

Llamé a Telefónica y en el 1004 me pasaron con el 1002.

 

“¿Ha probado la línea en el PTR?”

 

Me pidieron los datos y un teléfono de contacto.

 

Al cabo de unas horas me llamó el inútil de turno. Yo ya anticipaba lo que me iba a decir, un escalofrío recorría mi espalda y podía oir esa voz cargada de instulticia decirme que mi línea pertenecía a Orange...

 

Para lo que no estaba preparada es para lo que realmente me dijo:

 

“Señora, aquí me consta que su línea pertenece a JAZZTEL”

“¡¡¡¿¿Cómo??!!! Miro alrededor, no se muy bien si buscando una cámara oculta o algo que me confirme que he viajado dos años atras en el tiempo...

“Si, señora, pertenece a Jazztel desde marzo de 2006”

“Pero vamos a ver” le digo “si yo llevo todo este tiempo recibiendo los servicios de Telefónica y pagando ¿me entiende? pagando los servicios a Telefónica ¿Cómo va a ser la línea de Jazztel?”

“No se, señora. Aquí me dice que la línea es de Jazztel y mientras diga eso yo no puedo hacer nada. Tiene que llamar al 1004”

 

De nuevo en el 1004, sorteando grabaciones de un menú absurdo, hasta que me atiende una de esas grabaciones humanas que llaman operadores. Este inútil me dice, de nuevo, y no se si percibo cierta sorna en su voz, que la línea, lo dice el sistema, es de Telefónica.

 

“¡¡Pues díselo a tus compañeros del 1002, coño, que parece que no se enteran!! ¿¿Habláis entre vosotros?? ¿¿Os comunicáis??”

“No, señora, no tenemos transfer directo con el 1002”

 

Otra vez me salen con lo del transfer. Soy un huracán de fuerza 5.

 

“Pues llama con tu móvil” le digo “que es gratis”

 

Por un segundo parece que ha dejado de limarse las uñas, la he desconcertado, pero se recupera rápido:

 

“Señora, no voy a usar mi móvil personal para llamar al 1002. ¿Le puedo ayudar en algo más?”

“¡¡¡NO!!! ¡¡¡ME PUEDES AYUDAR EN ESTO!!!”

 

E ignorandome a mi y a mi furia de fuerza 5 me dice “Le paso con el 1002”

 

“¿Ha probado a conectar la línea diréctamente al PTR?”

lunes, 27 de octubre de 2008

PSICOLOGÍA

José Ruiz es un chaval que tiene cáncer. Durante un año y medio tuvo hemorragias y varios médicos insistieron en que no tenía nada, en que eran hemorroides. Cuando se le diagnosticóo el cáncer ya era tarde.

 

Le sometieron a una intervención en el 12 de octubre. El cirujano, toda una personalidad en el mundo de la cirugía, conocido internacionalmente (en palabras de José Ruiz), acabada la intervención, le dijo: “yo te he curado”.

 

Cuando José Ruiz fue a ver a su oncólogo y le dijo lo que el cirujano le había dicho, su oncólogo le dijo “pero ¿Cómo? ¿Tú no sabes lo que tienes?” y le hizo un diagrama: Si A es vida y D es muerte, tu estás en C2, el último paso. Y con esto le dieron seis meses de vida.

 

A José Ruiz le han denegado una droga experimental porque, por su esperanza de vida, podría rebajar la cuota de éxito de la droga en su fase experimental. Bajaría la estadística.

 

¡Qué duro! Saber que hay una esperanza, una posibilidad, por remota que sea, de salvar tu vida cuando eres tan joven, y que te la denieguen para que no estropees una estadística...

 

La mujer de José Ruiz es brasileña y, allí, en Brasil, una abogada logró que le dieran ese tratamiento experimental. El tratamiento le dio tiempo y muchos efectos secundarios de toda índole. Entre ellos, una operación a vida o muerte, consecuencia de una suciedad intestinal gravísima.

 

En Brasil conoció la medicina antroposófica. Una medicina que conoce y respeta la medicina tradicional, pero que va un paso más allá. Sus médicos, formados en las facultades de medicina como los médicos convencionales, consideran al ser humano como un todo, no como la suma de las partes, y no conciben tratar el cuerpo sin tratar la mente, por ejemplo. Buscan la raiz de los problemas, de las enfermedades, al tiempo que las tratan con medicinas convencionales.

 

Hablando con los pacientes intentan determinar la causa del origen de la enfermedad, ya se trate de un catarro (una bajada del sistema inmunológico) o de un cáncer.

 

No se mucho, por no decir que no se nada, de la medicina antroposófica, pero desde hace tiempo vengo pensando que, pese a que soy una firme defensora de la sanidad en España, ésta adolece de algo esencial: psicología.

 

No puedo entender que tu oncólogo y tu cirujano no hablen entre sí. No puedo entender que tu oncólogo se sorprenda y te diga: “Pero ¿Cómo? ¿Tu no sabes lo que tienes?”. Pregunto: ¿No es tu oncólogo el que debería decirte qué te pasa, qué es lo que tienes, cuáles son tus opciones?

 

Me parece repugnante que tu médico, aquel en el que depositas tu fe y tu confianza, no te informe puntual y exhaustivamente de tus opciones. Me parece repugnante que en casos de enfermedades terminales nadie, nadie, se siente contigo para explicarte con sinceridad y con el tacto que esto requiere, qué es lo que tienes y qué posibilidades tienes.

 

Me parece repugnante que no puedas elegir porque no tienes el conocimiento, porque no sabes, porque tienes dudas, porque tienes fe. Lees tu informe y tratas de descifrarlo desesperadamente.

 

Ningún médico contesta a tus preguntas y, si lo hacen, lo hacen despreocupadamente y sin franqueza. ¿Dónde están, por ejemplo, los equipos de psicólogos de los hospitales? No hay comunicación entre departamentos.

 

Un oncólogo, tras recibir el informe de un caso difícil o terminal, debería llamar a un psicólogo (si él no se siente capaz), explicarle el infórme, informarle de las opciones y que fuera el psicólogo el que se sentara con el paciente o los familiares, una hora, dos o el tiempo que fuera necesario, para explicarles la situación, para contestar a sus preguntas y para resolver sus dudas.

 

No es justo que una persona sepa que se muere una semana antes de fallecer. No es justo cuando todo un equipo médico lo sabe hace más de un mes. No es justo que una persona no pueda elegir no recibir quimio, tratarse el dolor e irse a casa con su familia. No es justo que no tengas toda la información cuando se trata de tus últimos días y el tratamiento, agresivo y doloroso, no está destinado a salvarte la vida. No es justo que un equipo médico al que no conoces decida darte el tratamiento sin contar con tu opinión, con tu deseo. No me parece digno que uno no tenga nada que decir, que no se respeten sus voluntades en sus últimos días.

 

Y menos justo me parece que, a una semana de morir, en urgencias, la jefa de oncología, con desaire y bastante borde, te diga “pero tu ya sabes que te mueres ¿no? lo pone aquí, en el informe: tratamiento paliativo”.

 

La jefa de oncología, cuando ni ella ni nadie de su equipo te ha dicho nada en ningún momento, espera que tú leas tu informe y entiendas, sea cual sea tu clase y condición, la terminología empleada en un informe que se supone que tú ni siquiera tienes que leer.

viernes, 12 de septiembre de 2008

MIL QUINIENTOS EUROS


Quiero sumarme a la indignación, a la desconfianza y al desespero que ha causado la sentencia del Consejo del Poder Judicial al juez que dejó que el asesino de Mariluz estuviera en libertad cuando segó la vida de una niña y desgarró y dejó hecha jirones la de sus familiares.

 

El asesino había sido condenado y tenía que estar en la cárcel cuando le arrancó la vida a Mariluz, después de Dios sabe qué atrocidades.

 

El asesino no estaba en la cárcel porque el juez que le condenó no tramitó su entrada en prisión.

 

El responsable directo de la muerte de Mariluz es el asesino, por supuesto, pero hay otros responsables. Uno de ellos es el juez que cometió un error. Un error fatal que llevó a la muerte a una niña.

 

Los jueces tienen sueldos buenos. Muy buenos. Los tienen porque tienen responsabilidades muy grandes. Responsabilidades que yo no querría para mí. Ganan mucho dinero para asegurar su imparcialidad, para evitarles la tentación de ser comprados por cualquier desaprensivo con dos duros.

 

Los jueces asumen esas responsabilidades al aceptar su salario, y si, como ha ocurrido, por un error fatal de fatales consecuencias, un juez descuida sus responsabilidades ¿Qué hay que hacer?

 

El Consejo del Poder Judicial (atención a la palabra “Poder”. Es uno delos tres Poderes del Estado, que no es moco de pavo), el Consejo del Poder Judicial, digo, es decir: jueces juzgando a otro juez, dictaminan que éste ha cometido una falta grave.

 

De las palabras “falta grave” podría inferirse que, efectivamente se reconoce que este juez descuidó y no asumió sus responsabilidades (a pesar de seguir cobrando su sueldo millonario) y que es responsable también de la muerte de Mariluz.

 

Pero, paradojicamente, el castigo ejemplar que sigue a la catalogación de “falta grave” (con resultado de muerte de una niña, no lo olvidemos), el castigo ejemplar, digo, es una una multa de 1.500 euros.

 

1.500 euros.

 

El sueldo de un mes de un ciudadano de clase media “acomodada” (que me rio yo de la palabara “acomodada”). No quiero siquiera atreverme a pensar en lo que ganará al mes ese juez. Me parece obsceno.

 

Pero voy más allá: vamos a poner que un currito (no tan afortunado como el anterior) que gana 900 ó 1000 euros al mes para, porque no le queda más remedio, su vehículo en doble fila durante los minutos que le lleva bajar unas cajas del maletero y subirlas a su piso. Vamos a suponerle, además, el agravante de que  lo ha dejado nada más y nada menos que en el carril bus, causando con ello un grave trastorno a la circulación.

 

Esto puede suponer una multa de 300 euros. 300 euros. Una quinta parte de la multa que le han puesto a un juez por permitir que un asesino esté en la calle después de haber sido condenado (una vez más: con resultado de muerte de una niña, Mariluz.).

 

Y yo me pregunto ¿dónde está la proporcionalidad? Un indivíduo causa un daño grave a la circulación y tiene que pagar 300 euros. El otro indivíduo deescuida sus responsabilidades, de las que dependen en parte la vida y la esperanza y la fe de una sociedad democrática y su multa es únicamente 4 veces mayor que la del indivíduo que ha aparcado entorpeciendo el tráfico.

 

1.500 euros que, para colmo, y dado el sueldo de un juez, le hace cosquillas, le resbala, no le hace ninguna mella, ni económica ni moralmente.

 

1.500 euros con los que se salda la parte de responsabilidad sobre la muerte de Mariluz que recae sobre este juez.

 

1.500 euros manchados de un corporativismo y un amiguismo infames que son aún más graves en un Poder del Estado.

 

Y a nosotros ¿Qué nos queda? ¿Qué fe? ¿Qué confianza? ¿Qué hacemos? ¿Nos tomamos la justicia por nuestra mano? Yo, por lo pronto, voy a ver si encuentro mi cara, que se me cayó de la mismísima vergüenza ajena.

LA BOLA NEGRA


Entré a trabajar en la empresa hace casi dos años. La empresa está formada por capital de otras dos: una agencia de publicidad y comunicación y una empresa de servicios turísticos, una de las más grandes del país, para más señas.

 

Yo negocié mi contrato y mis condiciones con la agencia de publicidad, aunque el contrato lo firmé con la empresa de servicios turísticos.

 

Al cabo de dos años, el Tsunami Crisis se hace, como siempre que hay una crisis, aunque ésta sea “la del ladrillo”, palpable en el sector de la publicidad, el márketing o la comunicación. Sectores y departamentos que parecen prescindibles cuando no hay dinero.

 

Esto dice mucho de la salud del sector. Está considerado como un complemento, como un extra, dentro del mundo empresarial.

 

Por otro lado está el otro sector, el sector turístico, que es también de los que primero acusan una crisis cuando la hay. La gente, la gente como yo, la gente que tiene problemas para llegar a fin de mes, los que no llegan o los que están aún peor, que los hay, claro que los hay, no viaja en tiempos de crisis.

 

Y ahí estoy yo, contratada por una empresa que es mitad turismo, mitad publicidad.

 

Un día, nos llaman a los cinco que estamos contratados en la misma situación y nos dicen que la empresa echa el cierre en breve, pero que no nos preocupemos porque la agencia de publicidad va a hacernos el favor de nuestras vidas y nos va a contratar a los cinco allí.

 

A fin de cuentas, tres de nosotros trabajan físicamente allí y para clientes de la agencia que no son la empresa turística que nos contrata.

 

Nos hacen pasar uno por uno para hablar con personal, con recursos humanos de la agencia, y la misma persona con la que firmé el contrato hace dos años, la misma persona a la que le conté el infierno laboral del que acababa de salir, la misma persona que me dijo “eso no te va a pasar aquí”, esa persona me puso dos opciones por delante:

 

“Tienes dos opciones”, me dijo, “Opción A: acogerte a un despido de la empresa turística por la que estás contratada; y opción B: firmar una baja voluntaria en esa empresa y esta agencia de publicidad te contrata y nos comprometemos a mantenerte el neto de tu nómina”

 

“El bruto”, le corregí.

“No, el neto”, me corrigió.

“El bruto”, volví a corregirle.

“No, no, te mantenemos el neto”, insistió.

“Pero vamos a ver” le dije, respirando hondo, “Mi sueldo es el bruto, el bruto es lo que yo negocié cuando firmé el contrato.”

“La oferta que te hace la dirección de esta empresa es esa: Te mantenemos el neto”, me dijo.

“Y la antigüedad”, apunté yo, temiéndome ya lo peor.

“No”

“...” Con los ojos como platos.

“No, aquí nos comprometemos a respetar el neto de vuestras nóminas y lo que firmáis es un contrato nuevo, de cero, como si os contratase otra empresa cualquiera”

“Ya, pero es que no es una empresa cualquiera. Resulta que el dueño de esta empresa tiene acciones en la empresa que me contrata. El 50%, si no me equivoco”

“Tenía”

“¿Cómo?”

“Tenía. Pero yo no tengo que darte más explicaciones de la estructura empresarial del grupo. Esa es la oferta que te hace esta empresa.”

“Y yo quiero que en mi contrato se mantenga el bruto y la antigüedad, así como el resto de condiciones de mi contrato”

“Pero la oferta que te hace la dirección de esta empresa es esa”

“Bueno, pues entonces, yo firmo un contrato nuevo, pero una vez me haya despedido la empresa turística ¿no? Tengo derecho a indemnización y a paro... si va a ser como si me contratara una empresa cualquiera...”

“Esa opción no está contemplada. Si te acoges al despido, esta empresa no te ofrece la posibilidad de quedarte aquí. Sólo si firmas la baja voluntaria te ofrecemos un contrato en la agencia”

“Pero entenderás que ninguna de las opciones me convence. No me estáis dejando salida. Si firmo la baja voluntaria pierdo mi indemnización y mi derecho al paro”

“Yo lo único que puedo hacer es trasladarle a la dirección una respuesta”

“Pues hazlo, por favor; trasládale a la dirección de esta empresa que quiero que en mi nuevo contrato figure la antigüedad y que se me respete el bruto anual que negocié en su día”

 

Bien. Analicemos esto, porque no tiene desperdicio. El un lenguaje más llano y sin tapujos, la cosa es como sigue:

 

¿Prefieres quedarte sin trabajo e irte al paro con una indemnización por dos años de trabajo o tener trabajo hoy y que mañana te despida gratis? Pues francamente, las opciones no son muy halagüeñas...

 

Los cinco que estábamos en la misma situación hablamos entre nosotros y nos plantamos aquella misma tarde en que no íbamos a firmar una baja voluntaria si no se comprometían a mantenernos las condiciones de nuestros actuales contratos.

 

Al día siguiente por la mañana pasaron dos cosas. Yo recibí una llamada de mi jefe en la agencia de publicidad. El contenido de la llamada, textualmente, fue como sigue:

 

Yo: Cuéntame.

El jefe: Te ha tocado la bola negra. Ven a la agencia a firmar los papeles.

 

Atónita, primero por las maneras y segundo por el contenido, aquella tarde fui a la agencia a firmar mi finiquito y mi carta de despido. Ni lo uno ni lo otro estaban allí esperándome.

 

“Me los tienen que enviar los de recursos humanos de la empresa de turismo”, me dijo la de personal de la agencia. “Tardarán un par de días o tres”.

 

Mis compañeros, una vez allí, me contaron que habían tenido una reunión con el jefe del departamento (el de la bola negra) esa mañana y que éste les había dicho que el dueño de la agencia había llegado a un acuerdo con la empresa de turismo para que ésta no tuviera que asumir ninguno de nuestros despidos.

 

De modo que ahí estaba la causa. Ni una empresa ni la otra querían o podían asumir cinco despidos de golpe.

 

De ahí la estrategia sibilina. Debieron de pensar “si les ofrecemos un contrato, lo firmarán encantados, y una vez que hayan firmado, podemos despedir a dos otres, los que sobren, gratis”.

 

¿Y mi despido? Mi despido tenía dos motivos claros: el primero es que, de las dos personas que trabajábamos físicamente en la empresa de turismo, yo era la de menor rango y antigüedad. Si esta empresa iba a recortar presupuesto de manera drástica, la primera en caer iba a ser yo. Los otros tres, al fin y al cabo, estaban trabajando para otros clientes de la agencia.

 

Tengo que decir que ninguna de las dos personas que trabajábamos en la empresa de turismo lo hicimos de manera voluntaria. Nos tocó, y como nos tocó aquello, a mi me tocó la bola negra.

 

El segundo motivo de mi despido, desde mi punto de vista malicioso, fue desestabilizar al grupo. Infundir temor. Crear grietas. Y lo lograron. Uno de los cuatro restantes firmó la baja voluntaria y este gesto mínimo y comprensible (pues cada cual tiene sus problemas, conflictos e intereses) hizo que los tres restantes perdieran mucha fuerza.

 

En cuanto a mis papeles, como no estaban aquella tarde, al día siguiente por la mañana volví, desconfiando de que pudieran alegar abandono del puesto laboral y, encima, les facilitara un despido procedente.

 

La persona de recursos humanos vino a hablar conmigo.

 

“No tienes que volver, ya te hemos despedido”, me dijo.

“Ya, pero yo no tengo ningún papel que acredite el despido. No me voy de aquí sin mi carta de despido”

“Pero es que yo no te puedo dejar estar aquí”

“Y yo no me voy a ir hasta que no tenga la carta de despido”

“Pero si ya estás despedida”

 

“Pero de palabra, insisto, yo no tengo nada que diga que estoy despedida”

 

Curiosamente consiguió que los papeles, que iban a tardar dos o tres días la tarde anterior, llegaran aquella misma tarde.

 

Finalmente tres de nosotros han firmado o van a firmar próximamente la baja voluntaria, tras una semana de negociaciones muy tensa en la que han conseguido que el contrato nuevo  que firmen sea indefinido y tenga un blindaje de tres meses, con la condición añadida de que si son despedidos dentro de los seis primeros meses, la empresa se compromete a pagar su indemnización del contrato anterior. Un chanchullo, vamos, pero que les da cierta seguridad.

 

Primero quiero poner el acento en la supina torpeza de la dirección de la empresa, que ha conseguido con todo este asunto rastrero y con toda esta triquiñuela, tener a tres empleado desmotivados y en búsqueda activa de empleo.

 

Y segundo quiero manifestar una vez más mi asco, el asco que me produce la gente que aprovecha la crisis, la inseguridad, la inestabilidad, el miedo de los otros para ahorrarse un dinero, o peor aún: para robar un dinero que por derecho pertenece a sus empleados.

viernes, 29 de agosto de 2008

CERO RESÍDUOS


Una vez más, un interesante artículo que no precisa más comentarios:

EL PARAÍSO NIPÓN DEL RECICLAJE
Publicado en El País el 29 de agosto de 2008

Kamikatsu, un pueblecito perdido entre las montañas de la isla japonesa de Shikoku, se ha situado en la vanguardia del reciclaje en el mundo con una política revolucionaria: pretende eliminar totalmente los residuos para 2020. Desde 2002, cada vecino convierte su basura orgánica en abono y separa el resto en 44 categorías. Todo en sus propias casas, sustituyendo los camiones de basura y los contenedores por un único centro de entrega, la Academia Cero Residuos. Allí depositan su basura y aprenden a reciclar. Desde cómo separar las etiquetas de los envases a vaciar el líquido contaminante del motor de un coche. Para incentivarles se les regalan billetes de lotería y bonos de compra de alimentos.

 

La recolección tradicional de basura no es viable económicamente en una zona montañosa con casas dispersas, según Natsuko Matsuoka, la recién jubilada directora ejecutiva de la Academia. Por ello, esa tarea recae en sus 2.000 habitantes, que transportan en vehículos los desechos a este centro. Una parada que se incluye en la ruta de la compra, para no contaminar más, como asegura Matsuoka. A las personas que no conducen, los voluntarios de Recycle Kamikatsu les retiran los residuos. A ello se suma que cada hogar cuenta con un aparato (casi todos, subvencionados) que recicla la basura orgánica y la convierte en abono, reutilizable en sus abundantes huertas. "En un primer momento, me pareció un método engorroso, pero ya forma parte de mi rutina. Saber que los residuos que genero se reutilizan adecuadamente me motiva a respetar los consejos de clasificación", asegura Keiko Akiyama, de 45 años, madre y ama de casa.

 

Así, desde 2004 Kamikatsu ha reducido a la mitad la basura eliminada por combustión y elevado hasta el 90% los desechos reciclados, frente al 13% de media nacional en Japón. Y ello, a pesar de ser un país que entrega manuales de 30 páginas para explicar cómo separar correctamente los desechos, y en el que las botellas se tiran sin etiquetas, los briks, enjuagados, y la ropa, lavada y seca, se introduce en contenedores de ropa usada.

 

Todo comenzó en 2001, cuando un incinerador de basura, instalado en el pueblo en 1998, no pudo cumplir los niveles de control de dioxinas. El entonces alcalde decidió cerrarlo y, al darse cuenta de que el reciclado total costaba lo mismo o menos que la combustión, convenció al municipio para que adoptara el Proyecto Cero Residuos. A esta iniciativa pionera se sumó en marzo la de Oki, otro pueblo, en la isla japonesa de Kyushu, con un objetivo a más corto plazo: 2016.

 

Kamikatsu quiere extender esta práctica a todo Japón. Si esta labor de reciclado lleva a un cambio de hábitos de los consumidores, la de reducción de los desechos exige, afirman los ecologistas, un giro sustancial en la elección de los bienes a comprar y en la producción empresarial. Se trata, en suma, de reducir la basura. Kamikatsu renunció a las subvenciones estatales para levantar dos nuevas plantas incineradoras. Los ecologistas opinan que la iniciativa es encomiable, especialmente en un país que, aunque es considerado el paraíso del reciclaje, todavía incinera el 80% de la basura.

miércoles, 27 de agosto de 2008

HUNDIR LA FLOTA


Quienes me conocen saben que detesto volar. Lo odio, me da terror, pánico, un miedo atroz. Odio la sensación de no estar en tierra firme, de mirar por la ventanilla y ser consciente de que estoy volando. Os costará encontrar a alguien más “antiaviones” que yo.

 

Y sin embargo, viajo. Viajo en avión porque no quiero que un miedo, irracional como todos los miedos, me corte, precisamente, las alas. Viajo y seguiré viajando en avión.

 

Lo que quiero decir en este post tiene que ver otra vez con la irresponsabilidad y la falta ética y de profesionalidad de los medios de comunicación.

 

Me pregunto ¿Hay algo que le guste más a un mal periodista que la sensación de poder que le proporciona aterrorizar a toda la población? ¿Se trata de un juego, de un deporte...?

 

Desde hace una semana, desde el fatal accidente aéreo de Barajas, todos y cada uno de los días, hemos tenido que ver, oir o leer noticias relacionadas con otros accidentes aéreos.

 

Algunas han sido sobre trágicos accidentes con víctimas mortales, sí.

 

Otros no han sido accidentes aéreos. Muchos, ni siquiera incidentes. Se han dado noticias de retrasos, cancelaciones y anulaciones de vuelos por problemas técnicos o debido a las condiciones de la tripulación, que había rebasado sus horas de vuelo.

 

Este tipo de situaciones se dan a diario. A diario, en alguna parte del globo, se produce un aterrizaje de emergencia o una aeronave se ve obligada a regresar por la meteorología o por el fallo de algún sistema, etc. Sin víctimas, sin heridos y dentro de la normalidad.

 

De acuerdo en que la sensibilidad hacia los accidentes aéreos está a flor de piel, pero ¿Es necesario informar de que una sobrecargo de la compañía AirGómez de Kuala Lumpur se ha torcido un tobillo, generando con ello alarma y confusión?

 

Yo creo que no. Que la ética profesional y la responsabilidad deberían ser suficientes para advertir a un buen periodista de que no todos los aterrizajes de emergencia son noticia, como no lo eran antes del accidente de Barajas, a no ser que...

 

A no ser que se pretenda algo más que informar con ello... Piensa mal y acertarás, que dicen en mi pueblo. Pensando mal, pensando mal... el sensacionalismo vende. Aumentan las ventas de periódicos, aumentan las visitas en internet, aumentan los oyentes y los telespectadores, aumentan los billetes en sus bolsillos.

 

Pero ¿Qué ocurre con las compañías aéreas? Probablemente bajen las ventas (aún más en tiempos de crisis), tengan pérdidas y cancelaciones. Probablemente el miedo a volar se vuelva a notar. ¿Y qué pueden hacer las compañías aéreas sino contemplar cómo los medios les hunden el negocio?

 

¿Pasará la solución por que los medios de comunicación reciban un suculento cheque de las compañías aéreas? Yo ya no se qué pensar.

martes, 26 de agosto de 2008

EL GRITO


El sufrimiento humano ejerce sobre nosotros una fascinación malsana. Contemplamos las imágenes del sufrimiento sin poder apartar la mirada, con dolor, con impotencia o con asco, queriendo apartar los ojos y no pudiendo.

El asco no lo produce el dolor, sino quienes nos muestran el sufrimiento ajeno llenándose los bolsillos de espectadores, lectores o votantes.

Cada uno se lleva lo suyo. Nos imponen la visión tremenda de un dolor que no podemos imaginar (o si, y entonces es aún peor). Exponen a los más indefensos, a los más impotentes, a los que sólo tienen fuerzas para llorar a los suyos.

Los exponen como a animales enjaulados. “Mira, mira cómo es este sufrimiento. Mira cómo se comporta.”

Y así miramos, embobados, subyugados por ese dolor que se expresa en un grito o en el silencio, en las lágrimas o en la misma pérdida de conocimiento. En la desesperación y en la esperanza.

Me dan asco. Me da asco el cámara, probáblemente asqueado también de sí mismo, de lo que se ve obligado a hacer para dar de comer a sus hijos.

Me da asco el cámara que se atreve a encuadrar y a enfocar y a robar y a violar el dolor de una persona que se desespera, que no sabe, que busca, que se desconsuela, que intuye que lo ha perdido todo...

Pero me da más asco el director del medio. El editor, el director de informativo, que hace pasar esas imágenes por información.

Un hombre, una mujer, un padre, madre, hermano, tía, abuelo... sumido en la desesperación, llorando la incertidumbre, la sospecha de que su familia se ha desgarrado, no es información, señores.

Es una violación al más débil, al que ya no puede defenderse, al que ya no puede gritar “aparta esa cámara” porque sólo le queda un grito en el corazón y en la cabeza, y no es para este paparazzo, es para su hijo, para su hermana, para su padre...

Me da asco que me hayan impuesto estas imágenes allá donde mirara. En cualquier canal de televisión, a cualquier hora, en la tele del metro, en todos los periódicos, incluidos los que se vanaglorian de haber hecho una cobertura digna y correcta de esta tragedia.

Me da asco, por supuesto, la clase más baja y rastrera de nuestra sociedad hoy por hoy: la clase política, la que se reparte y se adjudica a los muertos, la que se achaca su cuota de dolor y la reclama como propia.

Señores, son ustedes basura. Pero no sólo ustedes. Ustedes son un baremo, un baremo que nos mide a todos. Qué asco.