viernes, 22 de agosto de 2008

AGUA


Un artículo muy interesante.

El agua, del grifo, y si es de Madrid, mejor:

ESTA POLÉMICA VA EN BOTELLA
Publicado en El País el 22 de agosto de 2008

La vida de Thomas Boone Pickens, un multimillonario que se ajusta al ideal de empresario hecho a sí mismo, está entre las favoritas de la prensa estadounidense. Forjó su fortuna hace medio siglo en las explotaciones petroleras de Texas. Con 80 años, sigue interesado en el subsuelo.

 

Sólo que ahora, en vez de reservas de oro negro compra reservas de agua. El multimillonario ha vuelto a poner el ojo en un negocio pujante, que tiene en la industria embotelladora a su máxima expresión. En una década, el consumo mundial de botellas de agua se ha duplicado. Pero, a una velocidad aún mayor, se suceden los llamamientos para restringir su consumo.

 

El petróleo y el agua embotellada rivalizan por ser la mercancía cuyo comercio genera más dinero en el mundo. En ambos casos, Estados Unidos es, de largo, el primer consumidor, con cuotas que superan el 23% y el 17%, respectivamente. Y es también en EE UU donde el reguero de críticas ha cogido la fuerza de un torrente. La primera andanada fue de las organizaciones conservacionistas. Según las estimaciones de Pacific Institute, se necesitó una cantidad de petróleo equivalente a 100 millones de barriles (el crudo que importa España en dos meses) para producir el plástico de todas las botellas que se utilizaron en 2006 en el mundo. Casi todas son de PET, del que en EE UU sólo se recicla un 14%.

 

Más madera verde. Earth Policy Institute hace hincapié en las distancias recorridas (y en el impacto ambiental del combustible gastado) para suministrar un producto que, en condiciones más que suficientes para su consumo, también se ofrece a través de las cañerías con un coste energético infinitamente menor.

 

El caso favorito de los ecologistas es el de Fiji Water, una marca con un meteórico éxito en Estados Unidos. Su botella cuadrada es un complemento habitual de los famosos, encandilados por su exotismo: el agua proviene de un acuífero bajo una tupida selva de esta isla del Pacífico de la que la compañía destaca que está a "cientos de kilómetros de distancia de cualquier continente". Aquí atacan las asociaciones ecologistas: para llegar a sus consumidores norteamericanos, las botellas deben recorrer una enorme distancia en barco, con el gasto en combustible que eso supone. Y, más grave aún, en esta recóndita isla del Pacífico, casi un tercio de sus habitantes no tienen acceso garantizado a agua potable.

 

Las protestas conservacionistas cogieron vuelo hace un año cuando la conferencia anual de alcaldes estadounidenses aprobó una moción para promover el consumo de agua de grifo. San Francisco secundó una decisión de Los Ángeles para prohibir la compra con dinero público de agua embotellada. Nueva York y Boston financian campañas para lavar la imagen del agua de grifo. Y Chicago ha establecido un impuesto de 10 céntimos de dólar (7 céntimos de euro) por botella para desincentivar su consumo. Una tasa ya recurrida por la patronal estadounidense.

 

"En España, la situación es muy distinta", opone Irene Zafra, secretaria general de Aneabe, la asociación nacional que representa al sector. "La inmensa mayoría del agua embotellada que se consume aquí es de producción local, no hay apenas importación, el coste de transporte es mucho más reducido", señala.

 

En Estados Unidos, más de un tercio del agua embotellada es, simplemente, agua del grifo, tratada o no; un negocio monopolizado por Nestlé y Danone, los dos líderes mundiales. En España, el 96% son aguas minerales naturales. "Lo que se está ofreciendo es un producto absolutamente natural, que no compite ni tiene que compararse con el agua de grifo", explica Zafra. La dirigente de Aneabe recuerda que "está prohibido" tratar el agua que se recoge del acuífero, que tiene que pasar 12 análisis al año, y aduce que su contenido en minerales es beneficioso para algunas dolencias.

 

En cuanto a los reproches medioambientales, la tasa de reciclado del plástico en España es mayor (32,5%) y Zafra subraya el esfuerzo de la industria por reducir el peso de las botellas (ahora son un 45% más ligeras que hace dos décadas) y, de esa manera, el coste energético del transporte. La dirigente de Aneabe recuerda además que otras bebidas incurren en costes similares o mayores, "cuando es mucho más saludable beber agua embotellada".

 

Pese a las críticas, el ritmo de expansión de la industria no decae. En 2007 se consumieron en el mundo casi 190.000 millones de litros, un 47% más que en 2002. España es el séptimo país en consumo por habitante, con 120 litros per cápita. "En la huelga de transporte de junio, lo primero que se agotó en los supermercados fueron las botellas de agua", recuerda Andrea Gambus, de Wawali, una empresa barcelonesa especializada en la distribución de aguas premium, las top-model del mercado.

 

"Con el agua, está pasando como ocurrió con el vino, hay mucho interés por conocer aguas con características muy singulares", comenta Gambus para glosar un fenómeno que ha dejado de ser noticia: en las cartas de los restaurantes más lujosos, se han hecho hueco aguas que provienen de un manantial bajo un volcán japonés (Finé), de la lluvia recogida en Tasmania (Cloud Juice), o filtrada de glaciares canadienses (Berg). Si el precio del agua mineral más común es entre 350 y 1.000 veces más cara que la que sale del grifo, en estos casos la comparación es disparatada. La botella de la marca estadounidense Bling, decorada con cristales de Swarovksi, pasa por ser la exclusiva del mundo: no se encuentra por menos de 35 euros, casi 40.000 veces más que el precio medio del agua en las ciudades españolas.

 

En España, las críticas apenas se han traducido en iniciativas concretas. La que abandera el Ayuntamiento de San Sebastián desde hace un año es la más llamativa. 70 establecimientos donostiarras se han adherido a su campaña para sustituir las botellas por agua de grifo en los menús. "Aquí el agua de la red es de altísima calidad. Nuestro objetivo es reducir en origen la producción de residuos", señala Victoria Iglesias, directora de medio ambiente de la corporación vasca.

 

"Queremos concienciar al ciudadano de la importancia de un consumo responsable. Es una solución más económica, más respetuosa con el medio ambiente", defiende Iglesias. El Ayuntamiento predica con el ejemplo: no se compra agua envasada y en las reuniones oficiales el agua, de grifo, se sirve en jarras.

 

"El consumidor debe tener en cuenta el impacto ambiental de una botella, pero en muchas ciudades el sabor del agua de grifo es muy malo", recalca Rubén Sánchez, portavoz de la asociación Facua. Es un mal generalizado en la costa mediterránea; en Barcelona, por ejemplo, se bebe más agua embotellada que de grifo, según la Agencia Catalana del Agua. "Hay que invertir más en los sistemas de abastecimiento", mantiene Sánchez. Otra opción contra el mal sabor son los filtros, una inversión que se amortiza en unos cuantos meses.

 

Pero para las asociaciones de consumidores, la principal preocupación es cómo la industria lleva al límite la publicidad. "Hemos denunciado casos en los que se juega con la idea de que el agua embotellada ayuda a adelgazar o que tienen propiedades, como la hidratación, que son comunes a cualquier tipo de agua, mineral o no", explica el portavoz de Facua. "Se ha devaluado la imagen del agua de grifo, cada vez da más apuro pedir un vaso de agua en vez de una botella en los restaurantes", opina Iglesias.

 

Pese a la iniciativa donostiarra, muchos hosteleros son reticentes a ofrecer jarras de agua. La explicación económica es obvia: en la venta de una botella hay margen comercial, el vaso de agua suele ser gratis. La Viña, asociación hostelera de Madrid, planteó hace unos meses que también se pudiese cobrar por el agua de grifo, una cuestión que, además de polémica, es compleja: las normas municipales dificultan la reventa del agua suministrada.

 

Las empresas también rechazan que el uso de acuíferos para envasar agua mineral ponga en riesgo el suministro público de agua. "Apenas usamos el 0,02% del agua subterránea en España", explica Zafra. "El consumo anual de agua mineral de un ciudadano español es equivalente a tres duchas", añade. Pero en Estados Unidos, donde el equilibrio entre poder público y la iniciativa privada es mucho más precario, ya ha habido problemas de suministro para localidades rurales que se abastecían de acuíferos explotados por embotelladoras.

 

Las denuncias ecologistas sobre problemas similares en países emergentes son habituales. En China, Brasil o Indonesia, el crecimiento del consumo de agua embotellada es vertiginoso. Pero también crece el número de personas que no tienen garantizado el consumo de agua potable. Según la Organización Mundial de la Salud, hay más de 1.000 millones de personas en esta situación. Para reducir a la mitad esa cifra antes de 2015, la ONU abogó por duplicar los 10.000 millones de euros que se gastan al año en sistemas de abastecimiento y alcantarillado. Muy por debajo de los 70.000 millones que se destinan a pagar botellas de agua en el mundo. Si hay un argumento común en los conflictos que se auguran para los próximos años, ése es el acceso al agua. En Tejas, la árida tierra en la que T. Boone Pickens se hizo rico, un dicho popular lo sintetiza así: "Para beber, whisky; para pelearse, agua".

lunes, 18 de agosto de 2008

CEREBROS


Ayer, 17 de agosto de 2008, como muchos sabemos (porque lo vivimos en carnes) convergieron la operación retorno de la quincena de agosto y el regreso del puente del mismo mes.

 

Cientos de carteles luminosos recordándonos que la velocidad mata, que tantos muertos el mismo puente el año pasado, que las colillas las tiremos al cenicero, que respetemos las señales...

 

Todo esto me parece bien, no voy a entrar en si estos letreros despistan más que otra cosa o no. Tampoco voy a entrar en si tienen alguna utilidad a la vista de cómo conducen algunos cafres (la mayoría, lo digo, al volante de un Audi o un Seat León -negro, para más señas-).

 

A las once y media de la noche el tráfico de entrada a Madrid por la A6 era denso, pero fluido. Parecía, por momentos, que íbamos a llegar a casa a la hora prevista sin atascos ni otros percances.

 

No fue así. Al desviarnos para tomar la salida de la M-30, y ya dentro de la salida, vimos un cartel luminoso con un mensaje diferente al resto: Carriles Izquierdo y central cortados.

 

La entrada a la M-30 se realizaba única y lentamente por el carril derecho, al que se iban incorporando todos los vehículos del tráfico denso que he mencionado.

 

Un accidente, pensamos. Ha tenido que ser gordo para que tengan cortados dos carriles... Prácticamente parados, avanzábamos metro a metro. Durante más de media hora todos nos acoplamos en una sóla fila, los que veníamos de los tres carriles originales y los procedentes de otras incorporaciones.

 

¿No les avisan de esto? A nosotros, desde luego, no nos han avisado.

 

Bueno, sí. Nos han avisado, pero cuando ya estábamos dentro. Demasiado tarde. Ahora te la comes.

 

Parecía que a los que se incorporaban les pasaba lo mismo. “Ha debido de ser ahora mismo, no les habrá dado tiempo de avisar antes”.

 

Armados de paciencia y resignación, seguimos avanzando, facilitando incorporaciones y viendo pasar a los cafres impunes por el arcén.

 

Al fin llegamos al presunto lugar del accidente. No quiero mirar, pero miro. Al principio me parece que están limpiando. “Ya están limpiando”, digo. Pero vuelvo a mirar y me doy cuenta; no doy crédito. No están limpiando: ¡Están asfaltando!

 

Estas cosas se suelen planificar ¿no? Por ejemplo, del 7 al 12 de agosto, asfaltamos el tramo tal de la carretera cual, que buena falta le hace.

 

¿A qué cerebro privilegiado se le ha ocurrido, entonces, que el domingo 17 de agosto, operación regreso en todo su apogeo, era una buena fecha para cortar dos (No uno, ¡Dos!) carriles de la entrada a la M-30 desde la A6?

 

Más de media hora de atasco porque sí ¿Tan necesario era asfaltar ese tramo ya? Yo utilizo esa salida a diario y, francamente, no lo creo.

 

Pero en todo caso, si es impepinable, si tiene que ser ya, cuando más molesta, sí o sí, me pregunto:

 

¿No se podía señalizar antes? En lugar de “no corras tanto”, en uno de los carteles podrían advertir: “Ojo, que la salida a la M-30 se realiza por un único carril” Antes, repito: Antes de entrar en la salida. Después, como si no me lo dices, ya me lo encontraré en algún momento...

 

Y aún más, puestos a cortar dos carriles, ¿Por qué no cortarla entera y señalizar una alternativa? Porque, que se sepa, esa no es la única entrada a la M-30 ¿verdad?

 

Y en una vuelta de tuerca más ¿Esta operación no se podía llevar a cabo a partir de las doce de la noche?

 

En fin, que igual estoy equivocada. Quiero pensar que en mi ignorancia no me doy cuenta de lo bien que ideó esta operación un funcionario inteligentísimo.

 

Que es mi cerebro el que no da para abarcar el impecable razonamiento de este zote.

lunes, 30 de junio de 2008

EL LADO HUMANO


Me veo en la obligación de hacer no una, sino dos, reseñas positivas. ¿Sobre qué? Nada más y nada menos que sobre dos compañías aéreas: Air Europa e Iberia.

 

Los que me conocen y me han leído saben de buena tinta el profundo rechazo que me producen los aviones en general, los aeropuertos y las compañías aéreas, pero en el último mes me he tenido que tragar mis prejuicios en dos ocasiones.

 

La primera fue hace casi un mes. Compramos un viaje a París con una oferta que regalaba el vuelo con la compañía Air Europa. Cinco noches en París nos costaron 250 euros por cabeza, vuelo incluído, en régimen de alojamiento y desayuno. Una ganga.

 

Bien, en mi despiste, al mirar la hora de salida del vuelo miré, en su lugar, la hora de llegada. De modo que, si el vuelo salía a las 12:40, yo vivía convencida de que la hora de salida eran las 14:40.

 

A la hora a la que el resto del pasaje estaba embarcando tranquilamente en nuestro vuelo, nosotros estábamos saliendo tranquilamente de casa.

 

Llegamos al mostrador para hacer el check in y el tipo, con gesto de alarma, nos dice “¡Pero este vuelo ya está cerrado! Vamos, de hecho, ¡ya ha salido!”

 

“¡No puede ser!” Le digo yo entre la histeria y la sorna. “¡El vuelo sale a las tres menos veinte!”

 

“No, señora, este vuelo sale, ha salido, a la una menos veinte; pero deje que mire si están ustedes en el vuelo de las seis y diez. A lo mejor ha sido un error de agencia”

 

H me miraba con los ojos como platos, incrédulo, sin poder articular palabra. Yo, para entonces ya sabía que no había habido ningún error de agencia. Miré de nuevo los papeles y allí estaba: hora de salida: 12:40. Se lo enseñé a H, que no daba crédito y le preguntamos al tipo qué podíamos hacer ahora...

 

Nos mandó al mostrador de RRPP de Air Europa, don de otro tipo nos informó de que este tipo de vuelos (no ya baratos, sino regalados) no admite ningún tipo de cambio o devolución y que lo único que podía hacer era ponernos en lista de espera para el siguiente vuelo, a las 18:10.

 

“¿Va muy lleno?” Pregunté

“Va llenito, pero el de las 20:00 tiene plazas de sobra. Si no es en uno, es en el otro:”

 

Sentí que volvía a la vida. Los señores de Air Europa no iban a dejar que nos volviéramos a casa con las maletas en la mano y la expresión más estúpida nunca vista en la cara.

 

Nos iban a regalar un viaje a París. No íbamos a tener que comprar otro vuelo, ni siquiera pagar un suplemento.

 

Le pedimos que nos pusiera en la lista de espera y nos dijo que volviéramos al mostrador de facturación para completar el trámite.

 

Cuando llegamos al mostrador de facturación, el mismo tipo de antes nos atendió:

 

“Su compañero dice que nos puede poner en la lista de espera para el vuelo de las 18:10” Le dijimos.

 

“Bueno, vamos a saltarnos la lista de espera, les asigno ya unos asientos y listo”

 

Casi se me saltaban las lágrimas. Nos íbamos a París a las 18:10 por cortesía de Air Europa, y encima nos pusieron en salida de emergencia, con un montón de espacio a nuestra disposición.

 

No puedo por menos que estarles etérnamente agradecida.

 

La otra anécdota, ésta sobre Iberia, sucedió ayer mismo. Mi padre, en una absoluta falta de fe en la selección nacional, había comprado un vuelo Santiago de Compostela - Madrid a la hora exácta de la final de la Eurocopa.

 

Como a Media Markt no se le ocurrió que España podía pasar de cuartos, mi padre no pensó, ni de lejos, que llegarían, y con opciones, a la final.

 

Recibí un mensaje suyo suplicando que encontrásemos a alguien que pudiera grabarle el partido.

 

El caso es que cambiar el billete resultaba imposible.

 

El vuelo tenía la salida prevista a las 20:40 y la llegada sobre las 21:40.

 

Sin embargo, hicieron un embarque rápido y el comandante les informó:

 

“Vamos a salir antes de la hora prevista y voy a llevarles a Madrid en 40 minutos para que puedan ver la segunda mitad del partido. Tenemos permiso de Barajas para aterrizar”

 

Efectivamente, salieron a las 20:30 de Santiago y a las 21:10 estaban aterrizando en Barajas. Para colmo, el propio comandante les iba informando de todo lo que sucedía en el campo.

 

Supongo que es de agradecer que un piloto o una compañía aéra se tomen las molestias necesarias para conseguir que un puñado de gente vea en casa la segunda mitad del acontecimiento del año. España, campeón de la Eurocopa 2008. Pudimos.

martes, 10 de junio de 2008

EL SHERIFF DEL TREN (II)


Si el miércoles 4 de junio nos sucedió lo descrito en la entrada anterior, lo que sucedió el jueves 5 en el mismo tren sí que es de traca.

En esta ocasión yo no estaba presente, pero me la han contado mis compañeros:

Subieron al tren, in extremis, como siempre, peleando por pasar sus billetes por las máquinas operativas, peleando por pagar un servicio a todas luces deficiente.

Subieron al tren y se encontraron, de nuevo, al Sheriff del tren. El revisor que el día anterior me había considerado afortunada porque no tendría que bajar con él en Príncipe Pío para demostrar que había pagado el viaje.

El mismo Sheriff estaba armando jaleo otra vez.

Esta vez había dado con un indivíduo que no había comprado el billete. Casi puedo verle frotándose las manos de placer...

El tipo le dijo que no había podido sacar el billete y que se lo pagaría en ese momento.


“¿No has podido o no has querido?” fue la respuesta cargada de ironía de el Sheriff.

“No he podido”

 

Bien, déjenme aclarar que si no pudo o no quiso, a mi me da igual. Yo me he colado a veces en el tren y he contado la misma historia, solo que entonces, el revisor se limitaba a cobrarme el billete y punto.

También me he visto en la situación de no poder comprar el billete (”no poder” poque no quería perder el tren que estaba entrando en el andén...)

Cualquier opción me vale, porque no voy a entrar a juzgar la honradez del tipo sin billete. Sí voy a juzgar, en cambio, el abuso de poder que ejerció el Sheriff del tren sobre este indivíduo.

Después de cierto número de gritos e improperios, negándose a cobrar el billete, le dijo al tipo que se tenía que bajar en la siguiente parada.


“De acuerdo. Me bajaré y compraré el billete, pero tranquilo ¿eh? Que yo le estoy diciendo que le pago el billete”

 

Más insultos e improperios.

Al final, el tren entró en la siguiente estación y cuando el tipo se disponía a bajar voluntariamente del tren, el Sheriff, que esperaba siniestro en un rincón, aprovechó su oportunidad y le empujó por la espalda y a traición.

El tipo, encendido de ira, pues se podía haber abierto la cabeza, le invitó a bajar para despacharse con él, a lo que el Sheriff, acobardado pero fingiendo indiferencia, contestó “No merece la pena”.

“Sí que merece la pena” se oyó decir a algiuen en el vagón. Mis compañeros le encararon y le llamaron cobarde, a lo que él sólo alcanzaba a responder, a gritos, eso sí, que el otro le había escupido.

Terminó la disputa con la retirada del Sheriff y, sólo dos o tres minutos más tarde, pudieron escuchar el comienzo de otra. Un viajero gritaba escandalizado “¡¡¿¿200 euros de multa??!!”

Hace mucho, años, que no me cuelo en el tren. Supongo que desde que abandoné la adolescencia, y creo que si uno disfruta de un servicio, debe pagarlo.

Ahora bien, y vuelvo a lo de siempre: si uno paga un servicio, al pagarlo contrata algo; y si no recibe aquello que ha comprado (transporte, pero también puntualidad y una cierta calidad de servicio), creo firmemente que debería tener derecho, cuando menos, a la devolución del importe.

Me parece que no estamos jugando en igualdad de condiciones cuando los ladrones me pueden poner una multa de 200 euros si no pago mi billete de 1,20 euros, pero yo no puedo exigir lo mismo ni si quiera cuando pierdo un tren a Málaga.

Pero en todo caso, lo más grave no es eso. Lo más grave es que el energúmeno de uniforme, el borracho de poder, abusó impunemente de su cargo y agredió físicamente a una persona que no le había provocado en absoluto. Le empujó por la espalda y a traición cuando el tipo estaba al borde de unos escalones, lo que agrava la acción en tanto en cuanto se podía haber caido y abierto la cabeza...

Primero ¿Quién se cree que es este tipo? ¿Una suerte de justiciero? ¿El dueño del tren? ¿El dueño de Renfe?

Segundo ¿En qué cabeza cabe que se le haya dado a un perfecto orate la responsabilidad de un revisor de billetes de tren? ¿En qué cabeza cabe que tengan a un agresor en un puesto que exige el trato con el viajero? ¡Un agresor!

El despido, en este caso, se me antoja un castigo insuficiente para las situaciones descritas en dos días seguidos.

EL SHERIFF DEL TREN (I)


He tratado de evitarlo durante bastante tiempo, pero al final ha resultado ser ineludible: vuelvo a caer en el tema de Renfe.

Vuelvo a caer porque ayer protagonicé un momento absolutamente antológico.

Renfe sigue funcionando mal, cada día peor, de hecho. No hay mañana que los trenes pasen a la hora correcta por la vía correcta.

Cambiaron los trenes hacia las Rozas de la vía 7 a la vía 4, y lo hicieron para nada, porque creo que yo todavía no he cogido un tren en esta vía, y cuando lo he hecho he acabado dirección Aranjuez o Guadalajara (¡!).

Ya no puedes leer tranquilamente en el andén y subirte despreocupadamente en el tren cuando éste se para delante tuyo. Si te descuidas puedes acabar en Alcalá, o en Guadalajara, o sabe Dios dónde...

Ahora tienes que estar alerta, en tensión, cosa que la voz lacónica del tipo moribundo que tienen en megafonía no te pone demasiado fácil... Me lo imagino encadenado a la pared de su celda, alimentado de un mendrugo de pan duro y un cuenco de agua sucia que a veces devoran las ratas. Es la voz de la deseperanza.

Los rótulos advierten que en 6 minutos (a las 9:30) pasará un tren con destino Príncipe Pío y Villalba por la vía 4. A los 5 minutos, el rótulo cambia y anuncia (a traición) un tren con destino Aranjuez. Si no te has subido a éste, estás de suerte.

Esperas a que este tren se vaya y miras el rótulo con la esperanza de que el tuyo venga pronto.

Mientras, el rótulo de la vía 3, que anunciaba un tren con destino Alcalá, cambia y anuncia un tren con destino Príncipe Pío y Villalba. Si estás alerta y en tensión y ojo avizor, puede que te des cuenta del cambio y consigas subirte a tu tren, que pasa con retraso y por otra vía.

Con todo, has desarrollado un caparazón de paciencia que evita que agredas a los empleados de Renfe (los del Ave ahora en huelga, por cierto, que los viajeros no somos los únicos que padecemos a los déspotas y mafiosos señores de Renfe) cada día.

Ayer, sin embargo, colmaron mi paciencia. No tuve más remedio que ceder y escribir hoy, una vez más, por cansino que pueda resultar, un post dedicado a estos ladrones.

Volvía de trabajar con mis compañeros. Habíamos picado todos en los tornos de nuestra estación (en los tornos que funcionan, pues no todos funcionan, claro) y corrido para coger el tren que casi se escapaba.

En el rótulo se anunciaba un tren en tres minutos, pero al parecer llevaba anunciando un tren en tres minutos toooodo el santo día. El rótulo estaba estropeado.

Cogimos el tren y al subir encontramos a un revisor. Nos pidió los billetes y, al darle el mío, comenté que el servicio que presta Renfe Cercanías no está ni de lejos a la altura del control de billetes que llevan a cabo.

El revisor miró mi billete y luego alzó la mirada para encontrar la mía con un gesto de inconfundible sorna.


“¿Qué? ¿Nos hemos colado?”

“¿Perdón?” Respondí, perpleja.

“Venga, ¿Dónde te has subido?”

“Oiga, que yo acabo de subirme en el Barrial y he picado mi billete...” 


El tipo, creciéndose, me sostuvo la mirada unos instantes y me dijo:


“Pues te vas a tener que bajar conmigo en Príncipe Pío para comprobarlo”

“No, verá, yo no me puedo bajar en Príncipe Pío con usted porque me tengo que ir a Atocha”

 

El tipo se apartó entonces, con mi billete en la mano, para colocarse debajo de una luz, desde donde anunció:

 

“Vas a tener suerte”

“¿Ah, si?” Respondí con ironía

“Si, porque aún puedo ver las marcas que ha dejado la máquina”

“¿Voy a tener suerte porque usted puede ver las marcas de su máquina, que se ha quedado sin tinta y, gracias a eso no me tengo que bajar con usted?”

“Si”

“O sea, ¿que su máquina no funciona -como casi todo en Renfe- y yo tengo que acompañarle para demostrar que he pagado mi billete?

“Si”

 

Vamos a analizar esta situación con un poco de detenimiento:

Los rótulos no funcionan, las máquinas canceladoras de billetes no funcionan, los horarios no funcionan, el aire acondicionado no funciona... ¿Cuántos retrasos me ha ocasionado Renfe? Sinceramente, ya ni los cuento, uno al día por lo menos, cuando no más.

Nunca, repito: NUNCA, Renfe se ha dignado a devolverme el importe del billete. Nunca, mucho menos, se ha dignado a indemnizarme por mi tiempo y mi paciencia. ¿Y disculparse? A lo sumo, con un imperativo que obliga, que no te deja opción,  te exigen: "disculpen las molestias". ¿Molestias? Señores, cuando se da a diario, la molestia se torna algo más que una molestia.

Sin embargo, sí consideran oportuno hacerme perder más tiempo y paciencia si una de sus máquinas (cuando no todas) se estropea, se le acaba la tinta (¡¡Qué estamos en el siglo XXI, oiga!!) y el Sheriff del tren no puede verificar que el billete ha sido debidamente cancelado.

Yo sí que puedo perder tiempo, paciencia y ¿por qué no? dinero.

¿Qué pasa si el Sheriff del tren no puede o no quiere ver las fantasmales marcas en mi billete y me obliga (¡ja!) a bajar con él en Príncipe Pío? ¿Y si por este motivo yo pierdo un tren a Málaga que sale de Atocha? ¿Hemos perdido el juicio?


“Dónde ha cancelado su billete?” Me preguntó a continuación

“Ya se lo he dicho, en el Barrial”

“No. Qué “dónde””

“No le entiendo... “Dónde” ¿¡Qué?!”

“Que en qué máquina”

“¿Y yo qué se? En la primera o la segunda por la izquierda, creo. Hay una que no funciona nunca ¿sabe? Como casi todo en Renfe, pues la de su izquierda.”

“Renfe funciona estupendamente”

“No estoy de acuerdo. Casi nada funciona correctamente”

“Pues si no le gusta ya sabe lo que hay”

“¿Qué?”

“Hay otros transportes, pruebe con el autobús”

 

¡Acabáramos! Yo pago Cercanías directa e indirectamente, con mis impuestos y con mi billete, para que venga el Sheriff a decirme que si no me gusta, puerta.

¿Desde cuándo paga uno un servicio y si no está satisfecho, encima le enseñan la puerta? Desde que los monopolios existen y ejercen como tales, oiga, que la cosa es tan simple como eso.

Voy más allá: ¿Qué otro medio de transporte urbano conoce usted que venda billetes de 10 viajes con fecha de caducidad en un mes? ¿Saben, han calculado alguna vez, cuánto dinero nos roban estos ladrones con licencia?

Pues bien, según el Sheriff borracho de poder, tuve suerte. ¡Suerte!

viernes, 30 de mayo de 2008

AI


Trabajo, para bien o para mal, en un edificio inteligente, de esos de polígono empresarial, con su lápida con los nombres de los arquitectos y todo, que parece que estuvieran muertos y enterrados a los pies del edificio, lo cual no me sorprendería, pues yo los hubiera liquidado sin miramientos.

El edificio, además, tiene el dudoso placer de haber sido inaugurado por la insigne Espe hace relativamente pocos años.

A quién tomaron el pelo los arquitectos no viene al caso, pero se lo tomaron pero bien. El edificio se cae a pedazos: las paredes se desconchan, las manchas de humedad aparecen por doquier, los pomos de las puertas se caen para quedarse en tu mano, las goteras son grotescas y ahora, para colmo, el agua es como el resultado de un experimento nuclear... el agua "potable" sale de un sospechoso color amarillo que se torna naranja con el paso de los días... 

Además tiene una suerte de grumos de densidad ligéramente superior a la del agua, como unos "mocos" flotando. Mocos que, al cabo de un par de días en una botella cerrada, hemos podido comprobar, crecen y toman cuerpo. Yo creo que si los dejásemos más tiempo empezarían a hablar.

Al cabo de dos días en semejante situación, la empresa a tenido a bien prevenirnos con un rudimentario cartel para que no bebamos el agua.

Al cabo de dos días, si hubiésemos seguido bebiendo ese agua, ya estaríamos muertos.

Por otro lado, la empresa no tiene a bien facilitarnos el acceso a un agua potable gratuita. El agua de las máquinas de bending cuesta lo mismo que cuando tenemos agua corriente y potable: 35 centimos 50cl.

Yo bebo de media 1l por la mañana y otro por la tarde, con lo que ahora me gasto al día 1,40 € cuando antes me gastaba 0€.

Me pregunto ¿No es obligación de una empresa proporcionar a sus empleados (más de 800 en este edificio) agua potable gratuita? Más aún, ya no voy a hablar siquiera de gratuidad: esta mañana se había agotado el agua en todas las máquinas de bending.

Me temo que asisto a la caída del imperio. Qué asco.

martes, 4 de marzo de 2008

SIGUE SIN ESTAR DISPONIBLE


Movistar, en un intento obsesivo por tenernos a todos localizados y controlados, riza el rizo.

 

Sin consultarte, porque cada vez disimulan menos que lo que tu quieres les importa un carajo, te imponen un nuevo servicio gratuito (sólo faltaba); el servicio “Avísame”.

 

El servicio “Avísame” básicamente lo que hace es dejarte en bragas.

 

Digamos que tu, por los motivos que sean, no quieres hablar con alguien. Digamos que, por desventuras de la vida, ese alguien tiene tu número de teléfono móvil. Te llama. Te llama. Te llama. Es tenaz, vaya. Al final, harto, le das botonazo (en la jerga, le cuelgas. Porque en el mundo de los móviles puedes colgar sin descolgar) y, yendo un paso más allá, apagas el móvil para hacerle pensar que te has quedado sin batería y para que, así, desista de llamarte a cada minuto.

 

¡Ja! Movistar se ha alineado con tu enemigo. Ha puesto a su servicio un arma terrible. Te han puesto un localizador. Ya no podrás encender tu móvil en las próximas tres horas sin que el personaje cansino y tenaz reciba al instante un chivatazo de tu operador que le indica que ya puede volver a la carga.

 

Pero este servicio tiene otros inconvenientes, no es sólo la persecución sin tregua, no...

 

Digamos que tu has llamado a tu amiga Pepita a las once de la noche, una hora más que razonable entre vosotros, un lunes. Pepita, cosas de la vida, tiene el móvil apagado o fuera de cobertura.

 

Al segundo de colgar el teléfono te llega un mensaje: Movistar te avisará cuando Pepita vuelva a estar disponible en las próximas tres horas.

 

Decepcionado porque el mensaje no es de ningún amigo, lo borras.

 

Y te olvidas. Te olvidas de Pepita, del mensaje y de Movistar. Has cenado, has visto un rato la tele, leido o lo que quierar que sea que hagas en tus ratos de ocio, hecho tus abdominales, etc.

 

El caso es que entre las doce y la una, pongamos, te has acostado, de manera que cuando ya has cogido el sueño o, en el peor de los casos, lo estás cogiendo, Movistar tiene a bien recordarte que Pepita sigue sin estar disponible.

 

A las dos de la mañana, sobresaltado, bizco y muerto de sueño, miras el móvil incrédulo. ¿Pues no te han despertado los señores de Movistar para restregarte por las narices que Pepita sigue en el mismo estado de ilocalizable que cuando tu la llamaste? Deseas ser Pepita, deseas ser ilocalizable. O, en el peor de los casos, deseas estrellar tu móvil en la cabeza estúpida de Pepita, y luego estrellar a Pepita contra las cabezas de los inútiles de los señores de Movistar, en el caso de que aún las conserven de adorno, porque lo que es para pensar, está claro que no las tienen.

 

Señores de Movistar, su servicio, inútil de solemnidad desde su origen, no es gratuito. Ya he pagado el precio de ser despertada por ustedes en, al menos, tres ocasiones.

 

Si mi amiga sigue sin estar disponible a las dos de la mañana (y quien dice a las dos, dice a las once), me basta con su silencio, el de ustedes, que si mi amiga me quiere devolver la llamada ya sabrá ella si procede o no.

 

Si mi amiga está disponible a las dos de la mañana, a lo mejor me la sopla y resulta que no es tan importante como para arrancarme de mi plácido sueño.

 

Señores de Movistar, no respetan ustedes nada.